Don Juan Tenorio, casi desterrado de Madrid, ha encontrado espléndido refugio en Barcelona. En quince teatros, lo menos, se ha representado allí en estos días.
Si no supiéramos que en Barcelona ha triunfado también durante muchos años, y aun sostiene muy bien su cartel, el señor Lerroux, que es el Don Juan Tenorio de la política española, por lo seductor, por lo audaz y por lo de bajar á las cabañas y lo de subir á los palacios—presidenciales, se entiende,—pudiera creerse que la predilección del público de Barcelona por héroe tan nacional como Don Juan Tenorio tenía mucho de ensañamiento despectivo: ¡Vean el personaje que nos mandan esos castellanos!
Pero no; no hay segunda ni pérfida intención. El público de Barcelona se entusiasma con nuestro Don Juan, como ya no nos entusiasmamos nosotros. ¡Señales de los tiempos!
Váyase por el proyecto de mancomunidades, que tiene en Madrid más decididos partidarios que en Barcelona.
XXX
En la sesión dedicada por el Ateneo de Madrid á la gloriosa memoria de Menéndez y Pelayo, al oir algunos fragmentos de sus obras, sabiamente glosados por el señor Bonilla San Martín en su magistral estudio de las obras y del espíritu del gran don Marcelino; al sentir cómo la prosa cálida, vibrante, toda emoción, toda elocuencia, del insigne polígrafo conmovía hondamente al auditorio, pensaba yo cómo se debiera en España, á imitación de Francia y de Inglaterra, sobre todo, publicar selecciones de las obras maestras; medio eficacísimo para vulgarizar el conocimiento de muchos escritores que, como Menéndez y Pelayo, por no haber escrito siempre obras de un interés general, sólo consiguen ser leídos por los especialistas interesados en aquellas materias.
Dije en otra ocasión que Menéndez y Pelayo era más admirado que leído. Y no hay que espantarse por ello. Hay dos clases de lectores: los estudiosos, atentos con preferencia á las obras que pueden servirles en sus investigaciones especiales, y los desocupados, atentos sólo á la amenidad de los libros; lectores de novelas, de poesías, de cuentos.