Para ser un buen jefe de Policía son necesarias condiciones superiores de inteligencia. Hay que ser hombre de mundo, ante todo, y no de un solo mundo. Hay que ser gran psicólogo, para saber tratar las leyes como á las mujeres; esto es: lo mismo cuando se las atropella que cuando se las respeta, parezca siempre que es por amarlas, sobre todo.
En nombre del amor están justificados todos los atropellos. Un buen jefe de Policía debe poseer con las leyes el supremo arte en que fué maestro Don Juan Tenorio con las mujeres: el de violador que enamora; al que, cuando atropella, se le dice: ¡Gracias!
En París se ha conmemorado el trescientos cincuenta aniversario del natalicio de Lope de Vega. En un teatro de los llamados allí «à coté» se ha representado, precedido de una interesante conferencia, un acto de La estrella de Sevilla, otro de El mejor alcalde, el rey, unas escenas de La Dorotea, no representadas nunca, ni en España, decía el cartel, y unas escenas de El castigo sin venganza. Todo ello traducido con cierta libertad, pero muy lindamente.
Aquí se ha representado por estos días El anzuelo de Fenisa, una de las más primorosas comedias de Lope de Vega. Ya sabemos que estas obras antiguas, nunca viejas, no pueden despertar hoy la viva emoción de cualquier obra moderna. El teatro, como la oratoria, como el periodismo, vive de lo actual y su mayor gracia es lo efímero; como en la flor, como en la mariposa. Son contados los genios poderosos que en la oratoria, en el teatro ó en el periodismo lograron «eternizar el instante».
Pero causa tristeza la displicente actitud de nuestro público ante esas obras. Ello revela una incultura, un alejamiento de nuestra historia, una incapacidad de ponerse en situación, todo ello á base de ignorancia, que mal pretende disfrazarse de sabiduría, echándolo á elegante escepticismo.
Dentro de poco nuestro teatro clásico será letra muerta. Y lo malo es que no lo habremos sustituído en nuestra admiración con el teatro de Ibsen ni con el de Mæterlink.
El doctor Moliner anda por Madrid en busca de... cien millones de pesetas, nada menos. El doctor Moliner no es hombre para desistir de su propósito. Esos cien millones son su idea fija. Tener en España una idea fija, constituirse en incansable propagandista de ella, sacrificar comodidades, posición social, por esa idea, es sentar plaza de loco ó, por lo menos, de monomaníaco.
Las ideas son bonitas para exponerlas un día en un brillante discurso, en un artículo vibrante, en una crónica de actualidad; pero ¡por Dios!, no conviene insistir sobre ellas...