A mí me advirtieron: Ya verá usted; el doctor Moliner le irá á ver á usted, le hablará á usted de sus cosas, le dará á usted la lata; no sabe hablar de otra cosa.

Y el doctor Moliner vino á verme y le oí con admiración, y volví á oírle en la conferencia que dió en el Ateneo sobre lo mismo; conferencia, por cierto, que no ha merecido una noticia en muchos periódicos, y el doctor Moliner tendrá en mí otro incansable propagandista de su locura, de su lata, como quieran llamarla.

Esa locura, esa lata, es pedir al Gobierno cien millones de pesetas para Sanatorios marítimos, para colonias escolares, para escuelas higiénicas... Es un presupuesto que pudiéramos llamar de la salud, de la vida. ¡Ya veis si la cosa es disparatada! Las Sociedades obreras de Valencia lo piden en respetuoso mensaje, de que es portador el doctor Moliner.

Las Sociedades obreras de Madrid, la Casa del Pueblo, no se han dignado tomarlo en consideración.

Manifiesta señal de la funesta orientación revolucionaria de esas Sociedades.

No quieren tener que agradecer nada para conservar en toda su plenitud el derecho á la queja; opinan como el sabio, en la comedia de Calderón, que:

A trueque de quejarse,

habían las desdichas de buscarse.

Ya lo dicen en carta dirigida al doctor Moliner: «Todo eso no es más que un calmante...»

Lo quieren todo ó nada. ¿Todo? Y ¿qué es todo en la vida? ¿Qué es todo si no es un poco cada día, un paso en el camino de la perfección? ¿Serían ellos capaces de revolucionar su mundo interior en un día? ¡Y de lo que no son capaces en su espíritu, se creen capaces con el mundo entero!