Fuera también de toda utilidad y de toda consideración extraña al Arte, ni siquiera pensamos al realizar este acto en estrechar los consabidos lazos hispano-americanos... esos lazos tan traídos y llevados en congresiles discursos y brindis de banquetes.
¿Qué discurso valdrá lo que un solo verso de Rubén Darío escrito en noble lengua castellana?
¿Qué brindis, como la inspirada elevación de su poesía al alzar el poeta, como el sacerdote en el más sublime misterio de nuestra religión, en cáliz de oro la propia sangre que no es otro el misterio de la poesía?
No hay poeta cuyo corazón no sangre siempre. La sangre del poeta es chorro de luz, pero esa luz que es resplandor para todos, es en el corazón del poeta herida dolorosa. Cuando cantáis á nuestra gloria cantáis á vuestro dolor. ¿No es cierto, poeta? Que vuestras rosas suavicen por un instante las espinas de vuestra corona. Las mejores que os ofrecemos son de vuestros floridos rosales.
Nos las ofrecísteis para gloria de todos. Su aroma fué una música espiritual de oraciones que saturó nuestras almas de poesía. Al prenderlas sobre nuestro corazón aprenderán la más dulce palabra de gloria. ¡Amor! ¡Amor al poeta! canta hoy en nuestros corazones esa canción que es armonía de risa y llanto y pone en las palabras más vulgares acentos de una verdad resplandeciente, y es como temblar de aguas vivas, y es la caricia de lo sublime, y es el pasar de Dios por nuestras almas.
He dicho.
XLIV
JUAN DE LEPES
Nació este santo poeta en Ontiveros, provincia de Salamanca; el menor de tres hijos que tuvieran de su matrimonio Gonzalo de Lepes, tejedor de oficio, y Catalina Alvarez. Nació en el año de 1542.