La prueba es, que los escultores modernos procuran desquitarse en grupos ó figuras alegóricas, del inconveniente buen señor, que viene, de este modo, á ser accesorio del monumento elevado á su gloria.

Lo que sí puede discutirse es si la figura del torero en general, y la de Lagartijo, en particular, se prestan á la representación escultórica.

El toreo es una habilidad. Sus apasionados y sus cultivadores aseguran que es un arte. Vaya por el arte. De toda suerte—y aquí bien puede decirse y en todas las suertes, es un arte cuya gracia está en el movimiento.—Fijad cualquiera actitud de un lidiador, como cualquiera actitud de una bailarina y habrá perdido toda su gracia en la inmovilidad. No hay más que ver las fotografías instantáneas obtenidas durante la ejecución de las más graciosas suertes del toreo.

Sin el ritmo y el garbo en la sucesión de movimientos, ni el lidiador ni la bailarina tienen valor artístico alguno. Es difícil, casi imposible, plantar en una sola actitud la gracia, resultado de varias armónicas actitudes. The moments monuments. La eternidad de un instante, que según Rossetti es el soneto, no puede serlo el arte de torear.

Particularmente en Lagartijo, el ritmo era su mayor encanto. Aquella dejadez señorial de sus pasos y de sus actitudes.

Este arte, de gracia dinámica, digámoslo así, tiene su mejor expresión en la música. Por eso vemos que el toreo, con ser cosa tan española, no ha inspirado grandes obras á los pintores ó los escultores españoles. En cambio, es mucha y excelente la música torera de nuestros más famosos compositores.

Y nótese, cómo un pasodoble brillante es más evocador de majezas taurinas, que puede serlo una página literaria, un cuadro ó una escultura.

Con ser figuras tan famosas y características, la pintura española no ha legado á la posteridad un buen retrato de Lagartijo, ni de Frascuelo, ni de Guerrita, ni del Espartero, ni de Reverte.

Los mejores cuadros inspirados por nuestra fiesta nacional, son los de Zuloaga. Y no son por cierto un himno á sus gallardías y sus proezas. Hay en ellos una sonrisa de amargura, más patriótica que las fanfarrias coloristas de los aduladores de multitudes incultas.

Hay más luz interior en los cuadros de Zuloaga que en todos los cuadros de esos pintores de la luz tan celebrados. Hay luz que debiera iluminar la conciencia española. Por eso ofende, irrita á muchos.