Estos críticos de café, gentecilla de poco más ó menos, con echarlo todo á crítica y á broma, son los que impiden el buen éxito de tanta sabia y moralizadora ordenanza. Se trata de prohibir la mendicidad callejera; el crítico de café, ¡habrá escéptico! como va de su casa al café por sus pasos contados y no en coche como las autoridades, y en cada esquina le acosan veinte pobres, y si lleva prisa, ha de echarse por medio de la calle, á riesgo de ser atropellado por los automóviles—obedientes también á lo ordenado para regular su marcha,—porque las aceras son círculo de recreo á los de la venerable y castiza orden del Plantón; á poco práctico que sea en los golfos de este mar, como dijo Tirso de Molina, verá cómo campan hampones, recién salidos de presidio, vagos de profesión, agentes de toda clase de negocios, toreros sin contrata, vendedores del «ful», libreros á la menta... ¿Cómo no ha de tomar á broma las ordenanzas?

Se prohibe la blasfemia, y hasta en los salones de conferencias del Senado y Congreso, no hay divinidad que se respete, ni la de D. Antonio Maura, y los que tenemos creencias, no sabemos ya á qué santo encomendarnos, de quien no se haya dicho algo.

Se prohibe molestar á las mujeres con piropos y se las deja á ellas en libertad de molestarnos, como si nosotros no tuviéramos también nuestro pudor y cada uno no supiera cuando le aprieta el zapato, y dónde ir á calzarse lo que mejor le convenga.

Y cuando todo esto vemos á cada hora, ¿no ha de sernos permitida la más ligera crítica de café, sin vernos tratar de vulgacho? Todos no podemos ir á murmurar en las mismísimas antecámaras de los ministerios, ni en dorados salones, ni en despachos de directores de periódicos ministeriales. ¡Oh! No hay duda de que allí la murmuración es más sabrosa que en el vulgar café. Como que allí se cobra y aquí se paga.

Pero en la política sucede como en el teatro; el público que paga es el que menos aplaude ni silba; en cambio los de la gorra, sin perjuicio de aparentar que aplauden en público, son los que desacreditan la obra y á los actores en los corrillos del vestíbulo.

No, señores ministeriales, la opinión, la prensa, el país, en general, nunca han estado mejor dispuestos; nunca han querido «creer», tanto como ahora, en que sería posible mejorar en algo, nunca han esperado tanto... ¡Y aun lo envuelven ustedes todo en el despectivo nombre de críticos de café! ¡Como están ustedes tan mal acostumbrados! No han tenido ustedes otra verdadera oposición que la de esos críticos. Porque la otra no ha sido de café, precisamente: ha sido... lo que suele acompañarle á más del azúcar.

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Nada más fácil que un poco de sociología á propósito del dispendio que supone la nueva banda municipal. Pero yo, que en la aldea, en donde paso largas temporadas, cuando llega algún pobre chicuelo á mi puerta y allí se para á admirar las rosas del jardín, únicas flores en tan pobre tierra, suelo unir á un pedazo de pan una rosa, no sin que alguien me advierta que con el pan bastaba, aunque yo veo cómo muchas veces, la boca hambrienta del chicuelo, antes que morder el pan, sonríe á la rosa... ¿Cómo no he de estimar en lo que vale, aunque mucho cueste, esta flor de arte prendida en nuestra pobreza, para alegrarla? Bien está el pan, pero no están mal las rosas.

Y bien está la banda municipal, y por esta vez sólo plácemes merece nuestro Concejo. No frunza el ceño el «leader» del socialismo que, al fin, el socialismo, por lo que tiene de armonía social, tiene mucho de ideal artístico y mucho debe al arte, aunque nuestros socialistas le traten con despego.