No hay que pensar por esto que los actores sean de peor condición que los demás humanos. Si en todas las profesiones el trabajo hubiera de ser en comunidad y las relaciones tan constantes, también veríamos cosas. Más separados viven unos de otros pintores, escritores, médicos, abogados, y no se quieren más ni mejor por eso. No hablemos de la fraternidad periodística... Y los chismes de bastidores no son nada, comparados con los de sacristía. ¡Hay cada párroco y cada teniente cura, que... ríanse ustedes de las primeras tiples en lo de despellejarse unos á otros!
En fin, que la temporada próxima promete, y lo único de lamentar por mi parte es... que me cogerá sin dinero...
Porque en el teatro, como en todo, ¡es tan agradable el papel de espectador!
* * *
Son muchas las personas que me escriben, unas para felicitarme, otras para increparme, por mis ligeras consideraciones sobre las corridas de toros; otras, sencillamente, para mostrarme su extrañeza.
—¡Hombre, usted tan aficionado antes!...
—¿Aficionado? Le diré á usted. Á no ser en los tiempos del Guerra á mi juicio el torero más asombroso, la verdad es que siempre me han aburrido las corridas de toros. Esto, en cuanto al espectáculo; que de los espectadores, ¡no se diga! Siempre he buscado la localidad más tranquila de la plaza. Me han indignado siempre esos energúmenos que no se divierten si no pasan la tarde gritando, molestando á todo el mundo; que si ¡Ladrón!, que si ¡Criminal!, que si ¡Por derecho!, que si ¡Á la cárcel!, que si la madre, que si toda la familia... todo un «specimen» de educación nacional. Esos energúmenos son los mismos que en el teatro no se contentarían con menos que ver ahorcado al autor que tuvo la desgracia de equivocarse; los mismos para quienes no hay político honrado, ni escritor que no se venda; los mismos que piden desde la mesa del café heroísmos sobrenaturales en la guerra, para poder decir ellos:—¡Qué valientes somos! ¡No hay quien pueda con nosotros!—Los mismos que van por esas calles perdonando honras á las mujeres... Y como este es el espectador, no diré más frecuente, pero sí el que da tono al espectáculo, él por sí solo se basta para hacer de una fiesta, que podía ser una de tantas como andan por esos mundos civilizados, la de apariencia más salvaje.
En Barcelona se ha celebrado, ó va á celebrarse, una manifestación contra las corridas de toros. En esto ya no estoy conforme; creo que todo eso es contraproducente. Los toros, como tantas otras cosas, caerán por sí solas, cuando deban caer. Encomendemos la tarea á los educadores. El maestro es el que ha de acabar con los «maestros».
Ha de notarse que la Iglesia, tan intransigente en ocasiones con el teatro, con el libro y con la prensa, dispensa la más benévola tolerancia á las corridas de toros. Las señoras, tan influídas por la Iglesia, no ponen tampoco todo el empeño que debieran en combatirlas. Nada de esto habla muy en favor de la delicadeza de sus sentimientos. En cuanto á la Iglesia, ya es sabido que todo lo que no sea pensar le ha preocupado siempre poco.