No es por amor propio el insistir. Pero, contra todas las razones, textos y ejemplos aportados por Azorín, sigo creyendo: que la popularidad no está nunca en razón inversa del mérito; que han sido pocos los talentos mal apreciados en su tiempo, y si alguno lo fué, tal vez tuvieron más parte en ello motivos de presencia, carácter antipático del artista, vida desordenada, etc.

Shakespeare fué apreciado en su tiempo y no sólo logró glorioso nombre sino muy buen dinero, que le permitió retirarse á su lugar, «aprés fortune faite», como un buen comerciante. La obra de Cervantes, ni en cantidad ni en género, era para enriquecer á su autor, pero de su relativa popularidad—la popularidad es siempre relativa,—en vida misma del autor, ¿no existen numerosos testimonios? Azorín cita el ejemplo del Greco. No sería tan menospreciado en su tiempo, cuando nunca le faltaron encargos, que no le pagarían tan mal, cuando dejó fama de hombre caprichoso y dado á lujosas fantasías.

¿Qué más? Yo creí halagar á mi contradictor en sus convicciones, diciéndole que nadie me había preguntado por él en Buenos Aires, y él me contesta que es allí muy conocido. Ya ve Azorín cómo se puede tener talento y ser apreciado.

Y de mi, ¿qué voy á decirle? Soy el mismo que en el año 97; hasta mis concesiones al sentimentalismo burgués, pudiera demostrar con textos que no son de ahora... Y ¿por qué no? Tiene uno toda la obra para decir lo que siente y lo que piensa; después, en el desenlace, puesto que la vida no desenlaza nada, ¿por qué no complacer al público? Pero si éste, con concesiones ó sin ellas, no hubiera estado de mi parte desde mis comienzos como autor dramático, ¿hubiera yo podido continuar estrenando? El público fué mi verdadero apoyo contra la crítica, casi unánime en afirmar que aquello no era teatro. ¡Cuántas obras, con asombro de empresarios y actores, cuando parecían enterradas por la crítica revivían por el público! Créalo Azorín, no es el público, que pudiéramos llamar vulgar, es el literario el que más resistencia opone á toda novedad y á todo mérito. Son los intereses creados los que protestan siempre. El mismo Azorín declara que no hay novedad absoluta en ninguna forma, ni expresión de arte, que todo existía antes en el ambiente. Si es así, si el ambiente es anterior á la obra, ¿cómo no ha de caer bien la obra, que el público no puede por menos de conocer por suya? Azorín sabe bien que los grandes artistas son quizás los menos originales; su obra es de todos; alma de muchas almas.

Yo me explico perfectamente la convicción de Azorín. Alguna vez, comparando en justicia méritos con glorias, habrá pensado que el ruido de su nombre es menor que el de algún autor dramático, por ejemplo. Esto ya es cuestión del género cultivado, no del mérito de los escritores. Créalo Azorín; en vida y en muerte, al cabo del año todos estamos en el sitio en que debemos estar; el vulgo no es tan vulgo como creemos.

En fin, el mejor ejemplo, ¿no es el mismo Azorín? Según él, pocos debieran apreciarle, supuesto que la popularidad está en razón inversa del talento. Yo sé, aparte la broma de Buenos Aires, que son muchos los que le admiran como se merece. Acaso él juzgue equivocadamente del público, como tal vez juzga de mí: ¡Ese Benavente!—dirá,—siempre me lleva la contraria; se ve que me quiere mal... Azorín dirá si prefiere mi «malquerencia», que le lee siempre con atención y toma muy en cuenta sus opiniones y juicios, á la buena amistad de los que le felicitan sin discutirle por cada artículo... sin haberlo leído.


XXIII

En la más que intrincada, pintoresca selva de nuestra política, hay más murmullos que en la de Sigfredo, cuando nada sucede ó cuando ha sucedido ya todo, en cambio, cuando sucede algo, reina el silencio más absoluto; que, á pesar de lo absoluto, es el rey más constitucional, por lo irresponsable.