Apenas suenan cuatro tiros, material ó moralmente, ya se sabe, silencio sepulcral en la selva; sus más canoras aves enmudecen y antes que en los valores públicos, con ser de suyo apocaditos, hay una baja sensible de elocuencia en nuestros mas notorios y fluidos oradores. ¡Valientes pájaros! ¡Y estos son los que miran de sobrehombro á la gente de pluma, de otra pluma!
El escritor, aun sin estar amparado, en muchos casos, por la inmunidad parlamentaria, arrostra el peligro de la suspensión de garantías y se atreve á opinar, en las circunstancias más difíciles, comprometiendo tal vez su popularidad. ¡Pero los otros, á casita, que llueve! Y tenemos aquello de: Callaremos hasta que llegue el día de exigir responsabilidades... ¿Exigir responsabilidades? No lo dirán ustedes de veras. Si ese día llegara, ¿quién escaparía de ser ahorcado?, como le decía Hamlet á Polonio, aconsejándole tratara á los comediantes mejor de lo que se merecían.
También justifica muy bien el mutismo aquello de: Es preciso prescindir de toda idea política mientras se hallan comprometidos más altos intereses... ¿Dónde está la verdad? ¿Dónde estarán los más altos intereses? Y ¿qué ideas políticas serán esas que estorban precisamente cuando de altos intereses se trata?
En los sucesos de Barcelona, por ejemplo, todos, como en Cristo, pusieron sus manos. ¿Quién no ha dejado caer su gota de agua ó su salivita para contribuir en algo á la disolución y desmoronamiento de lo que debiera ser más firme que roca viva, la idea de la patria? Y ahora... todos son á lavarse sus manos...
No, no ha sido el anarquismo; ha sido el sanchopancismo burgués, el bien sesudo, que de un caso particular quiere deducir una regla de conducta para toda la vida. El mismo que dice cuando sucede un descarrilamiento: No se puede viajar en ferrocarril; el mismo que al ser una vez engañado, proclama: No puede uno fiarse de nadie. Ese buen sentido de gato escaldado, era el que había decidido para siempre no volver á meterse en aventuras. ¡Qué rica paz!—¡No queremos guerra, no queremos guerra! Pero al ver cómo cuatro locos—los locos, como los héroes, el éxito los diferencia, son los que van siempre en línea recta del pensamiento á la acción,—les armaban la guerra en su misma casa, volvieron los ojos acongojados á todo lo que ellos habían tratado de desprestigiar: poder del Estado, fuerza... Y los cuatro locos pagaron por todos, y los muchos cuerdos dicen ahora:—¡Caramba! ¡Si fuera á hacerse todo lo que se piensa, no se podría vivir en el mundo!
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El dolor es el gran desinfectante moral. Tanto como el heroísmo de nuestros soldados, conforta el espíritu ver cómo de todas partes—¡olvidemos á los cuatro locos!—se acude y se atiende á los que pelean y á los que sucumben. El ambiente nacional tal vez necesitaba esta sacudida para purificarse.
Ahora, yo desearía que esta vez, se acudiera á todo con severa dignidad. Nada de fiestas, nada de espectáculos benéficos. El que buenamente quiera divertirse, ¿por qué no?—todavía no es el fin del mundo,—que no invoque el pretexto del socorro, y el que no hubiese de dar nada, sino á cambio de una localidad de teatro ó de plaza de toros, más vale que no dé nada. ¡Mezquina dádiva la que necesita mejor ocasión que la verdadera para ofrecerse!
Agradézcase á los toreros su generosidad; ofrecen su vida, pero nada de corridas patrióticas. Aparte el que suele traer «mala pata», no hay espectáculo más lastimoso. Allá, hombres que arriesgan, que pierden su vida; en la plaza, hombres también que la exponen y también pueden perderla... Y una multitud que se divierte con todo esto y cree estar haciendo por la patria con aplaudir á una hembra que se adorna con los colores nacionales ó rugir de entusiasmo por un brindis torero: ¡porque el toro fuera uno de esos rifeños!... Es cuestión de seriedad, de buen gusto. Guardemos las fiestas para el día—¡quiéralo Dios cercano!—de verdadera fiesta. Pongamos dignidad en nuestra dádiva. Dé cada uno lo que pueda, sin más estímulo. Crispa los nervios, después de leer hazañas y trabajos de nuestros soldados, tropezar más abajo con la relación de una «kermesse» en Pantanillo ó en Lagunilla, organizada por la colonia veraniega y las señoritas más distinguidas de la localidad. Tiempo habrá para todo, hasta para ser cursis.