XXIV
La opinión general, tan reacia á toda empresa guerrera en un principio, se halla al fin poseída de tan belicoso entusiasmo, que sería defraudarla no terminar, por lo menos, con la conquista del imperio de Marruecos. Con menos entusiasmo, pero más constancia, años ha que esa conquista debiera haberse llevado á cabo lo más pacíficamente del mundo. Pero ¡ay! el dinero de nuestros capitalistas no es tan valiente como nuestros soldados, y cuesta más encontrar hombres de voluntad que de corazón.
Hemos convenido en que á ciertos pueblos sólo es posible civilizarlos á cañonazos. Sin duda es el medio más cómodo, aunque no sea el más eficaz. Yo creo que no hay pueblo tan salvaje en el mundo que se resista á las ventajas de la civilización, cuando los civilizadores le permiten disfrutar de esas ventajas. Á lo que se resiste todo el mundo no es á que la civilización se le entre por las puertas, sino á que le pase por encima. Civilización automóvil; atropella con todos los adelantos modernos, pero, ¡mal consuelo para el atropellado!
Nada de esto es pretender quitar hierro. Aunque otra cosa afirme Metternich, en su admirable libro «La prudencia y el destino», no hay prudencia, suficiencia ó sabiduría, como quiera traducirse, «sagesse», capaz de oponerse al destino de los pueblos ó de las personas. Y mucho menos cuando el destino tiene ya la palabra. En aquellos días de la Conferencia de Algeciras, gloria de nuestra diplomacia... Entonces, sí; entonces acaso hubiera podido escucharse la voz del prudente. Una nación poderosa, rival de otra no menos fuerte, sólo procuraba aislar á su enemiga y halagando á otras dos naciones, rivales á su vez en intereses, procuró conciliarlas por eso mismo. ¡Como si dos intereses iguales pudieran conciliarse nunca! No era preciso ser un Maquiavelo ni un Metternich para pensar que entre una nación interesada en dominar por completo á Marruecos y otra interesada en oponerse á esa dominación, nuestro interés, aparte simpatías de raza tan mal correspondidas en ocasión, estaba en inclinarnos al lado del contrapeso.
Ahora sólo podemos desear que se enmiende con gloria un nuevo error de nuestros estadistas, hombres de pocos libros y de menos mundo. ¡Á Dios sean dadas! Que la gloria se logre á costa de la menor cantidad de sangre posible, y que la opinión, sin desmayar en sus entusiasmos, no llegue á exaltarse tanto que sea bien recordar aquello de «El gaitero de Bujalance»: un maravedí porque empiece y dos porque acabe.
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Sabido es que á todos los padres les parece siempre que están muy mal educados los hijos... de los demás, y á los que no tienen hijos, ¡no se diga! Por lo que no sería mal acuerdo que cada padre se encargara de los hijos del vecino, y á su vez le confiara los propios, y los solterones ó matrimonios sin prole se hicieran cargo de los más rebeldes y empecatados. Y aplicando á todos los órdenes de la vida el sistema, acaso todo andaría mejor con este procedimiento. En España, por lo menos, es admirable cómo los que nunca dieron pie con bola en asunto propio, se echan á discurrir y disponer por los más ajenos á su profesión y conocimientos.
Á estas horas tenemos un Napoleón ó un Moltke en cualquier ciudadano, antes de paz y hoy tan de guerra que no deja vivir á nadie. ¿Quién no tiene su plan estratégico? ¿Quién no ha tomado algo á estas horas? ¡Oh, país admirable en que todos entendemos de todo sin haber estudiado de nada!