Cuentan de un zapatero remendón, de cierto pueblo, que era el más severo crítico de sermones. Predicador que se presentara en la fiesta del Santo patrono ó cualquier otra solemnidad, podía darse por perdido si al zapatero no le caía en gracia. El pueblo no tenía más opinión que la emitida con inapelable autoridad por el crítico. Sucedió que un predicador, advertido de antemano, al observar durante un bien estudiado sermón, el gesto desdeñoso del zapatero y en consecuencia el de todos los oyentes, se apresuró, apenas bajó del púlpito á preguntarle los motivos de su disgusto. ¿Qué le ha parecido á usted el sermón?—¡Phs! No está mal... pero poca teología.—¿Pero, usted sabe de teología?, preguntó el predicador asombrado.—¡Anda!, replicó el zapatero. ¡Pues si yo supiera de leer y escribir lo que sé de teología!

¿No es este un poco el caso de todos los españoles?

¡El Señor nos libre de los «teólogos» militares que andan desatados en estos días y no son la menor calamidad, con ser tantas las calamidades de la guerra!

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Dice Bernardo Shaw que los ejércitos se pasan la vida preparándose para una guerra que, ó no sucede nunca ó cuando sucede, sucede del modo contrario á como se había previsto. Bueno fuera, no obstante, á pesar de que lo imprevisto está sobre todo, alguna mayor discreción en apuntar planes y posibles acciones. Hay siempre entre los rifeños quien se entera de todo. No hay que fiarse en esa aparente indiferencia salvaje, que no es tan salvaje como parece. Yo conocí en Tánger á un moro de la última condición; acarreaba equipajes y fregaba los suelos en el hotel; pues cualquiera de nuestros ministros de Estado no está tan enterado como él de asuntos internacionales. Hablaba, aparte del árabe vulgar y el hebreo, inglés, francés, español; conocía los nombres de todos los ministros del gobierno español entonces, sabía historias muy sabrosas de muchos personajes españoles, y hasta de los amantes de algunas damas empingorotadas, como cualquier cronista de salones. Era extraordinario, sin ser excepcional. Claro es, que el Rif no es la Cosmópolis de Tánger; pero la natural sagacidad del moro es la misma. ¡Raza inferior, raza de salvajes! Se dice muy pronto, cuando hablan el odio ó la conveniencia. Acercándose con simpatía, con verdadero amor de civilización, en todas partes hay hombres buenos y malos, pero no hay razas inferiores, no hay razas de salvajes. La bondad del corazón, la perspicacia del entendimiento florecen en todas las tierras; aun en las que solo se ha sembrado odio, con pretexto de civilizarlas.


XXV