No tendrá queja el señor presidente de la Sociedad de Conciertos, en el mundo ministro de la Gobernación. Su soberana batuta se impone á todos. Que «allegro vivace», pues «allegro»; que andante «maestoso» y con sordina, pues ya se percibe el aleteo de una mosca. Verdad es que su tiempo preferido es «forte che forte», y el del país sería un «largo» que no tuviera fin.
Que hoy podremos decirles á ustedes algo, pues todo el mundo á esperar noticias, con la más justificada ansiedad; que tengan ustedes un poco de paciencia; pues á esperar en calma: quizá, recordando aquellos alambicados versos, que tanto sublevaban el buen gusto de Alcestes el Misántropo de Molière: «Phyllis, on desespere alors q'on espere toujours!»
¡Ah, si en tiempos de paz y de continuo todos nos preocupáramos tanto del avance como ahora! ¡Aquí, donde por el contrario, son tantos los que en todo quieren á cada paso hallar motivo, ocasión ó pretexto para un retroceso, y hay gente que no se hallaría á gusto con menos de «recular» hasta la Edad Media!
¿Sucesos de Barcelona? ¡Ah! Todo es por haber fracasado la ley del terrorismo, y si se restableciera la Inquisición... nada habría que temer en lo futuro.
¡El avance! ¡Santa palabra! ¡Que ella sea siempre nuestro santo y seña!
Hoy por hoy no se oye otra cosa. Yo sé de algunos maridos que sintiéndose gubernamentales, han prohibido á su mujer hablar de esto. No hay idea de los horizontes que abren á la imaginación estas palabras, pronunciadas por labios femeninos: ¿Cuándo es el avance?
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Los autores dramáticos franceses están que trinan con sus colegas de Italia, porque éstos pretenden defenderse no de la invasión de obras francesas, sino de la exclusión de las propias, por las facilidades que los empresarios y directores de compañía hallan en los autores franceses y en sus traductores para pagar derechos convencionales. Recuérdese el atracón de obras francesas con que suelen obsequiarnos las compañías italianas. ¿Preferencias artísticas? Nada de eso. Baratura y rico saldo. Es como el amor al teatro antiguo de algunos de nuestros directores artísticos... Que no hubiera facilidad de cobrar las refundiciones, muchas veces refundición de refundición, como una obra original y nuevecita, y veríamos quién se acordaba de Lope ni de Calderón.
Por cierto que en una gacetilla del periódico «Comedia», que trasciende á conferencia con alguien de casa, se asegura que también algunos empresarios españoles piensan prescindir de las traducciones, á pesar de que cuentan con pocas obras originales, para evitar el disgusto de los autores, aunque algunos, refractarios á las traducciones, no lo sean tanto á los plagios. Es posible. Eso de los plagios puede probarse siempre. Y de los plagios de los actores, ¿no se dice nada? Porque hay eminencias que no viven de otra cosa. ¡Si Sarah y la Duse y la Réjane, Le Bargy ó Guitry cobraran derechos de traducción y reproducción!
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