El teatro de los Niños es una de tantas ilusiones mías; pero nada de monopolizar ideas; no es mía solo: son muchos los autores dispuestos á realizarla. Uno de ellos, el simpático López Marín, se propuso nada menos que edificar un teatro de nueva planta, para este especial objeto. Echóse á buscar capitalistas con el mayor optimismo. No le acompaño en él, no tratándose de consagrar como primera tiple á una corista distinguida por algún ricacho de aluvión ó de abrir una nueva tablajería escénica de carnes averiadas, bases de los más sólidos negocios teatrales. Ignoro el resultado de sus gestiones. Pero, en fin, con dinero ó sin él, con nuevo teatro ó en cualquiera de los muchos existentes, el Teatro de los Niños empezará en la próxima temporada, modestamente, como un ensayo. Como los empresarios grandes tienen bastante en qué pensar con su gran público, preferiremos un pequeño empresario y un pequeño teatro. Fernando Porredón y el Príncipe Alfonso.

No es tan fácil como parece divertir á los niños, sin aburrir demasiado á los grandes. Los niños modernos nacen enseñados. ¡Oyen unas cosas en casa! El numeroso repertorio de obras infantiles con que cuenta el teatro inglés, no es aprovechable. Demasiado inocente. No por lo fantástico de sus asuntos, casi siempre basados en los cuentos de hadas más populares; no soy de los que abominan de la fantasía en la educación, como el maestro de «Los tiempos difíciles» de Dickens, con su muletilla: ¡Hechos, hechos! Al contrario, es preciso huir de toda pretensión docente, y mucho más, utilitaria. Lamartine abominaba de las fábulas de Lafontaine, como obra educadora. Tenía razón; su moralidad, mejor dicho, inmoralidad practicona, desengañada, toda malicias y desconfianzas de rústico, es deplorable para el espíritu de los niños, abierto siempre á la generosidad y á la esperanza.

Contra la opinión de Lombroso, que ve en el niño á un pequeño salvaje y casi á un criminal en germen, y asegura que todo niño es egoísta, embustero y ladronzuelo, menos uno que era un encanto; uno que se le murió al doctor... ¡Oh, bancarrota de la ciencia en esta página de uno de sus libros, que contradice con lágrimas la afirmación rotunda! Yo creo que todos los niños son buenos... hasta que los padres y los educadores los hacen malos.

Cuando se oye á algunos padres decir: ¡Qué niño este! ¡Es muy malo, muy malo!, pensad siempre: Y ustedes, ¿son ustedes buenos? Lo que hay es que el niño manifiesta sin fingimiento las malas cualidades que los padres encubren con la hipocresía que da la experiencia. Cuando ellos se lamentan de que el niño les pone en ridículo, sacando á relucir los defectos de alguna visita, ¿no será que el niño les oyó murmurar en su presencia de todos los conocidos y amigos?

Sucede muchas veces que el niño es quien no puede explicarse por qué sus padres y los mayores de la casa, hablan siempre mal de alguna visita que él no encuentra antipática por ningún estilo. Claro es, que en fuerza de oir cómo los mayores la ridiculizan y menosprecian, él acabará también por retirarle su simpatía, aun sin explicarse las razones.

Cuando reprendéis á un niño porque trata con altanería á un criado, ¿estáis seguros de que no imita vuestro tono, al reprenderle cuando cayó en vuestro desagrado? Por lo regular, muchos padres sólo reprenden á sus hijos cuando les molestan á ellos, aun con juegos ó travesuras propias de niños; en cambio, son de una lenidad punible, cuando molestan á los demás, con cosas que suelen ser aprendidas de los padres.

Entonces, dirán ustedes: más que un teatro para divertir á los niños, hacía falta uno para educar á los grandes... Sería inútil. Habría que cerrarlo. Parecería inmoral.