XXVI
Me preguntan, unos de buena fe, otros, acaso con la misma intención con que el cura del cuento preguntaba al muchacho si, puesto que Dios estaba en todas partes, estaría también en el corral de su casa; para poder decir: ¡Cogíte!, si en el futuro teatro de los niños tomarán parte principal actores infantiles. No, señores, no; no hay cogíte, que en casa no hay corral. Y si el teatro de los niños á divertirlos ha de estar dedicado, mal cumpliría, si para divertir á unos había de mortificar á otros. Cuando alguna obra exija algún personaje infantil, niña ó niño, no faltarán zangolotinos de ambos sexos que sepan dar al público la ilusión de la infancia.
Garridos muchachotes fueron Ofelia y Julieta, en tiempos de Shakespeare—sin que el autor de Un drama nuevo se hubiera enterado.—Y después de todo, de la juventud á la niñez no es tanta la distancia como de la juventud á la madurez bien madura, y todos los días vemos en esos teatros galanes y damas polleando—sobre todo, damas, que ya eran gallos, con sus patas de lo mismo y todo, cuando uno estaba en plena edad del pavo. Como que al verlos suspirando amores, más ó menos contrariados le dan á uno ganas de vestirse de marinero y rodar una naranjita, si no fuera el temor, que ellos no tienen, á la voz implacable que oyó en semejante caso, el famoso Sr. Patiño.
No quiere esto decir que, el estudiar y representar comedias, no sea conveniente para los niños. Es un buen ejercicio de memoria, de entendimiento y de pulmones; se adquiere, además, soltura y elegancia en la dicción y en los modales. Para niños están escritas y para ser representadas por ellos, numerosas comedias inglesas y ¿quién duda que los ingleses saben educar á sus niños? Pero una cosa es representar particularmente para recreo propio y de los amigos, y otra la profesión teatral, más agradable en apariencia, pero no menos nociva que otras para la salud de los niños.
Tranquilícense, pues, los que quisieran verle á uno cogerse los dedos á cada paso. En el teatro de los niños no habrá más niños que los espectadores.
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Algo de bizantinismo puede parecer en las presentes circunstancias, preocuparse por fruslerías; aunque ¿quién sabe en el mundo cuáles serán las verdaderas fruslerías? Todo consiste en contemplar el hormiguero de la tierra ó el hormiguero de los astros, como lo contemplaba Orozco, el magno personaje de Galdós, limpiando en la contemplación su espíritu de mezquinas pasiones terrenas.
Nada se dice del Teatro Nacional, nada tampoco de la concesión del Español. El primero, ya sabemos que lucha con dificultades de instalación. Pero el segundo... ¿Á qué se espera? ¿Se adjudicará, como siempre á última hora, sin tiempo de preparar compañía ni obras? No valía la pena entonces de mostrarse tan intransigentes con otros concesionarios, ni de negarse á ceder el teatro al Estado.
Una temporada digna del que hemos convenido en llamar nuestro primer teatro, no se improvisa en cuatro días. Se asegura que son varios los solicitantes; que la santa recomendación hace de las suyas. Entre los nombres que suenan—y este no necesita recomendación,—figura el de Carmen Cobeña. De otros se habla también con grandes méritos y prestigio... para el teatro francés. El Ayuntamiento tiene la palabra. No creemos que por ser de Madrid, pretenda hacer en su teatro un Dos de Mayo á la inversa.