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Aunque otras ventajas no tuvieran las guerras—deben de tener otras muchas,—la más indudable es la de contribuir á la difusión de la cultura. Así, en España, gracias á las algaradas rifeñas, es seguro que cada diez ó doce años venimos á enterarnos de una porción de cosas que, apenas pasada la excitación guerrera, nos apresuramos á olvidar, para tener el gusto de volver á recordarlas á la primera ocasión.

Difícil es, sin embargo, poner de acuerdo las diferentes versiones. Á estas horas hay quien nos ha mostrado el Rif como una tierra de promisión; y sólo le ha faltado enviarnos de muestra un buen racimo de uvas, como aquel de que nos habla la Biblia. Otros, en cambio, nos dicen que aquello es de una aridez que espanta; arenales ó riscos. Ello dependerá de la parte que cada uno mire, y lo más probable es que allí haya un poco de todo. Más cerca está nuestra Castilla y hay quien la supone una llanura sin fin, seca y desolada; mientras otros nos hablan de sus sierras pintorescas, de sus arboledas frondosas...

Sin ir más lejos; se habló de la utilidad que en la campaña podrían prestar los camellos—produciendo la natural alarma en algunos organismos oficiales docentes.—En seguida hubo quien puso el grito en el desierto. ¿Camellos? Los camellos no sirven allí para nada. Y nos dieron un curso de zoología y otro de topografía, y á todo esto sin saber á qué joroba quedarnos. ¿Sirve el camello? ¿No sirve el camello? ¿El camello es lo mismo que el dromedario? ¿El camello tiene una sola joroba ó puede tener dos jorobas, como se puede ser miembro de dos Academias ó presidente de varias corporaciones, como D. Alejandro Pidal: pongo por compatibilidades?

No hay duda; las guerras ilustran. La letra con sangre entra. No hay idea de lo que vamos aprendiendo ahora, y que nunca hubiéramos llegado á saber en tiempo de paz. La paz enmohece los espíritus. Sin las guerras napoleónicas, el espíritu de la Revolución francesa no se hubiera difundido tan rápidamente por Europa. Hay quien dice que nada se hubiera perdido y hasta que podía perdonarse el bollo por el coscorrón, como si todo progreso de la humanidad no hubiera costado muchos coscorrones.

Hay quien contradice: ¿Y las conquistas de la Ciencia y del Arte y de la Industria, no son pacíficas? Tampoco. Pacíficas para los pueblos; pero los hombres de ciencia, los artistas, los industriales, los trabajadores, ¿no han regado con su sangre—del cuerpo y del alma,—el campo fecundo de sus descubrimientos, de sus creaciones, de sus inventos? No hay trabajo sin pena, y hasta la contemplación es dolor.

¡Guerra, guerra siempre y en todo! El reino de los cielos ha de ganarse con violencia, nos dice el Evangelio. Sin duda, con violencia sobre nuestras pasiones, sobre nuestros instintos. ¿Qué mayor combate? El que quiera lograr algo en la vida, hay día que pueda encontrarse sin alguna baja en su corazón y en su entendimiento: El amor de ayer, la verdad de ayer, la ilusión, que parecía de toda la vida...

¡Cuántos muertos enterraremos al cabo del tiempo en nosotros! Así, cuando alguien nos dice: Usted, que ya ha triunfado; nos da ganas de decirle: Triunfar, ¿dice usted?... Y yo creí que venía derrotado. Y es que si nos paramos á contar nuestros muertos, cualquier triunfo parece una derrota.

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