En estos días, principio de la temporada teatral, es cuando mas compadezco á los ministros y grandes personajes. ¿Qué será de ellos todo el año, si uno, pobre autorcillo de comedias, con esfera de influencia tan reducida, se ve abrumado de solicitudes y demandas de recomendaciones?
De todas ellas, ningunas tan embarazosas como las acompañadas de manuscrito; con aquello de: Deseo conocer su sincera opinión... Y aquí del problema. ¿Puede darse la sincera opinión? Doit-on la dire? Como preguntaba el autor cómico francés, en asunto no menos peliagudo que este de opinar sinceramente sobre una comedia.
Aparte la desconfianza en el propio criterio y mucho más en el del público. ¡Ve uno aplaudido tanto desatino! ¿Quien cae en el lazo de opinar sinceramente, cuando la opinión es desfavorable, y por serlo, inmediatamente ha de parecer equivocada, ó lo que es peor, tal vez envidiosa?
Pedirle á uno opinión en materia tan delicada, que atañe al buen juicio y entendimiento del demandante, es examinarle á uno de educación más que de otra cosa.
Del: Usted, que es una autoridad; al: ¿Quién es él para juzgar mi obra?, no hay más que un tramo de escalera. Y, sin embargo, hay ocasiones en que quisiéramos bien ser sinceros y que nuestra sinceridad no dejara lugar á dudas. El desengaño es triste, pero el engaño es cruel. Si aun las verdaderas y legítimas musas suelen causar muchos destrozos á su paso, ¿qué estragos no causará la musa loca?; esa musa que tan bien nos presentaron los Quintero en los lances sainetescos y trágicos de una bella comedia.
No saben los portadores del manuscrito de sus ilusiones, el verdadero conflicto dramático que nos plantean al solicitar humildes una opinión franca.
¡Cuántas veces á trueque de antipatías, con la dudosa esperanza de que algún día fuera mejor apreciada mi lealtad, he preferido como Segismundo: Por ser piadoso contigo, ser cruel contigo ahora!... ¡Pero advierto una tal expresión de tristeza ante el desengaño! ¡Hay tan pocas verdades que compensen la pérdida de una sola ilusión! Y, después de todo, ¿para qué anticiparnos unos años, unas horas, á la verdad que ha de decidir, por fin, la vida, con su autoridad inapelable?
Y aun la vida no suele convencernos. También puede equivocarse. Y nosotros, ya que podamos como ella equivocarnos, no seamos crueles como ella. ¡Permitid, señora conciencia, que nunca falte una amable mentira en nuestros labios, cuando alguien se llega á pedirnos una opinión sincera!