XXX
Sultán estar amigo, francés estar amigo, todos amigos; pero entre las grandes potencias y las pequeñas impotencias, entre notas diplomáticas, manifestaciones callejeras delante de nuestras embajadas y artículos periodísticos, nos están poniendo por esos mundos, cual dirían conservadores, si estuvieran en el poder los liberales.
En vano es que de cuando en cuando, la contaduría de aquí procure endulzarnos tanta amarga píldora, copiando algún artículo ó sueltecillo de las contadurías de por ahí. Todos sabemos á qué atenernos, y el público hace de ellos el mismo caso que de los desacreditados reclamos teatrales cuando anuncian después de un fracaso en parecidos términos: Cada día es más aplaudida la obra tal, estrenada con tan extraordinario éxito. Aligeradas algunas escenas, suprimidos varios números de música, más seguros los actores en sus papeles y corregidas las deficiencias en decorado y vestuario, las representaciones se cuentan por llenos. En vista de tan extraordinario éxito, la empresa ha acordado rebajar el precio de las localidades.
Una cosa así, salvo la rebaja, vienen á ser esos sueltos, soltados por algún amable periódico europeo, con los que se ufanan nuestros gobernantes, como se ufana el que soltó una paloma mensajera, al verla regresar con toda felicidad al palomar de procedencia.
Entre tanto, vuelan á su antojo aves de rapiña; aves de mal agüero y toda clase de «canards».
Siempre fué prudente regla de conducta lavar en casa la ropa sucia; ahora nos hemos vuelto rumbosos y la damos á lavar fuera, y como está algo pasadita, van á dejarnos sin tener que ponernos, como no sea un conservador atrás y un neo alante; traje poco á propósito para presentarnos en la buena sociedad europea.
Los franceses, sobre todo, se exceden en demostrarnos su buena amistad. Están seguros de que no hemos de enfadarnos. Tenemos allí, para corresponderles con agradecimiento, á la flor de nuestra aristocracia y de nuestra elegancia, veraneando en Biarritz y vistiéndose en Bayona.
En España no hay donde veranear á gusto. San Sebastián es demasiado ciudad para vida de veraneo, y las pequeñas playas carecen de todo «confort»... Es posible; pero, ¿faltan veraneantes porque faltan comodidades, ó faltan comodidades porque faltan veraneantes? San Sebastián y Biarritz no improvisaron hoteles, villas y casinos en espera de gente; fué la gente, prefiriendo esos, que eran pueblos de pescadores, y pasando por mil incomodidades en los primeros años, la que fué dando vida y comodidad á esos pueblos. Como ellos hay muchos en España, que pudieran rivalizar con las playas francesas y con la única de moda en España. Claro está que es más cómodo encontrarse con todo hecho y bien dispuesto que pasar fatigas y molestias de descubridores y colonizadores. Pero, ¡señoras y señores míos! El patriotismo no debe mostrarse sólo en caso de guerra, hay un patriotismo de la paz, tal vez más difícil y menos brillante, que consiste en una porción de pequeños sacrificios por parte de todos; pequeños sacrificios que hacen á las naciones grandes.
Esos pequeños sacrificios, no tan penosos como labrar surcos, partir piedras ó sepultarse en minas, consisten para las clases pudientes y directoras en bien poco; en vestir algo más cursi unos cuantos años con lo de casa, para enriquecer á la industria y al comercio nacionales, y llegar á vestir con lujo y con gusto, sin necesidad de acudir para ello á Bayona y otras grandes capitales extranjeras; en conformarse con veranear modestamente en un modesto pueblecillo, para que vaya prosperando, y al cabo de unos años nada tenga que envidiar á esas encantadoras playas francesas; en aburrirse por algún tiempo benévolamente, como saben aburrirse los grandes señores, con nuestros novelistas, con nuestros autores dramáticos, con nuestros músicos, con nuestro pobre, pero bien intencionado arte, para que, animados nuestros modestos artistas con nuestra benevolencia, lleguen á sentirse grandes y capaces de producir grandes obras.