«¡Quién pudiera también subir los precios!» Así decía una expendedora del mismo enemigo del alma, aunque en otro ramo, donde también es mucha la competencia.

Para resolver el conflicto, el Ayuntamiento debe ponerse al habla con los patronos de Bilbao, y aun con los de otras partes, por si puede aplicarse á la carne animal el sistema por ellos empleado para abaratar la carne humana. «¡Oh Dios!—decía Tomás Hood en su Canción de la camisa.—¡Que la carne de vaca valga tanto y la de hombre tan poco!»

Sólo nos queda el consuelo de los tontos: lo universal del malestar. ¿Quién podrá vivir al precio á que se va poniendo la vida? ¡Admirable modo! donde, como en la isla encantada de Próspero, con todo lo necesario para la vida no hay modo de vivir.


De la pintoresca galería de veraneantes, el más digno de nuestra gratitud es el veraneante Robinsón, el descubridor de rincones ignorados que tendrán en él propagandista infatigable. ¡Un Paraíso! ¡La Suiza de España!

La última ilusión que perderemos será esta de los paisajes. Es incalculable el número de Suizas que tenemos en España. Con unos peñascos, dos docenas de pinos y un chorro de agua, ya está una Suiza. Lo malo es que aquí no sabemos explotarlas. Nuestra tierra es un Paraíso. Pero ¡somos tan adanes! Desengáñense los admiradores de nuestras bellezas naturales: no hay paisaje posible sin una buena fonda.

El viajar no es un apostolado. Bellezas naturales y bellezas artísticas son un buen pretexto para pasarlo bien en confortables hoteles, entre gentes adineradas y con toda clase de diversiones, por si los paisajes y las catedrales fallan. Y no fallan nunca cuando los contemplamos después de bien comidos y bien dormidos. En cambio, échese usted por malos caminos; llegue usted á una posada, donde toda incomodidad tiene su asiento y todo asiento su incomodidad, y tírese usted después su buen repechito para ver salir el sol por donde acostumbra ó suba usted y baje del coro al campanario, y viceversa, para extasiarse ante los santos desnarigados de la gótica catedral, y regresará usted para que no vuelvan á mentarle paisajes ni catedrales, como no sea en cinematógrafo ó en postales, único modo de admirar bellezas sin fatigas y sin desilusiones.

El Robinsón dirá que somos criaturas artificiales, que tenemos atrofiado el sentido de la Naturaleza... No tome usted muy en serio á los robinsones, que, á lo mejor van á descubrir bellezas naturales muy bien acompañados de alguna belleza urbana, y..., naturalmente, ¿qué les importa el duro lecho, ni la mala comida, ni las bellezas naturales tampoco? Pero el que de buena fe cae en el lazo de la propaganda, volverá renegando y creyendo para toda su vida que las mejores creaciones de la Naturaleza y del Arte son obra de los fondistas y hosteleros, y que en España no tendremos paisajes y catedrales mientras no tengamos buenos hoteles y lujosos casinos y... amables bellezas, en que se armonicen la Naturaleza y el Arte.