Sirena. Por eso lo pregunto.
Crispín. ¡Ah, doña Sirena!... Si mi señor es hoy esposo de Silvia, hoy mismo cumplirá lo que os prometió.
Sirena. ¿Y si no lo fuera?
Crispín. Entonces... lo habréis perdido todo. Ved lo que os conviene.
Leandro. ¡Calla, Crispín! ¡Basta! No puedo consentir que mi amor se trate como mercancía. Salid, doña Sirena; decid a Silvia que vuelva a casa de su padre, que no venga aquí en modo alguno, que me olvide para siempre, que yo he de huir donde no vuelva a saber de mi nombre... ¡Mi nombre! ¿Tengo yo nombre acaso?
Crispín. ¿No callarás?
Sirena. ¿Qué le dio? ¡Qué locura es ésta! ¡Volved en vos! ¡Renunciar de ese modo a tan gran ventura!... Y no se trata sólo de vos. Pensad que hay quien todo lo fió en vuestra suerte, y no puede burlarse así de una dama de calidad que a tanto se expuso por serviros. Vos no haréis tal locura; vos os casaréis con Silvia, o habrá quien sepa pediros cuenta de vuestros engaños, que no estoy tan sola en el mundo como pudiste creer, señor Leandro.
Crispín. Doña Sirena dice muy bien. Pero creed que mi señor sólo habla así ofendido por vuestra desconfianza.
Sirena. No es desconfianza en él... Es, todo he de decirlo..., es que el señor Polichinela no es hombre para dejarse burlar..., y ante el clamor que habéis levantado contra él con vuestra estratagema de anoche...
Crispín. ¿Estratagema decís?