Sirena. ¡Bah! Todos nos conocemos. Sabed que uno de los espadachines es pariente mío, y los otros me son también muy allegados... Pues bien: el señor Polichinela no se ha descuidado, y ya se murmura por la ciudad que ha dado aviso a la Justicia de quién sois y cómo puede perderos; dícese también que hoy llegó de Bolonia un proceso...
Crispín. ¡Y un endiablado doctor con él! Tres mil novecientos folios...
Sirena. Todo esto se dice, se asegura. Ved si importa no perder tiempo.
Crispín. ¿Y quién lo malgasta y lo pierde sino vos? Volved a vuestra casa... Decid a Silvia...
Sirena. Silvia está aquí. Vino junto con Colombina, como otra doncella de mi acompañamiento. En vuestra antecámara espera. Le dije que estabais muy malherido...
Leandro. ¡Oh, Silvia mía!
Sirena. Sólo pensó en que podíais morir...; nada pensó en lo que arriesgaba con venir a veros. ¿Soy vuestra amiga?
Crispín. Sois adorable. Pronto. Acostaos aquí, haceos del doliente[89.1] y del desmayado. Ved que si es preciso yo sabré[89.2] que lo estéis de veras. (Amenazándole y haciéndole sentar en un sillón.)
Leandro. Sí, soy vuestro, lo sé, lo veo... Pero Silvia no lo será. Sí, quiero verla; decidle que llegue, que he de salvarla a pesar vuestro, a pesar de todos, a pesar de ella misma.
Crispín. Comprenderéis que mi señor no siente lo que dice.