Luisa. ¡Qué chifladura!

Pepe. Como en un cromo inglés que vi hace muchos años: una de esas escenas plácidas de pintura inglesa; una muchacha vestida de gris, que preparaba el pudding de Navidad, y a su lado, sentado, un joven, el esposo o el prometido, y alrededor unos gatos, y en el fondo unos viejos leyendo la Biblia; y al otro lado, por una puerta abierta a un jardín, unos niños muy rubios, jugando. Había no sé qué en aquel cromo, la escena, el color, un tono general que lo envolvía todo,[10.1] el color de la dicha a que puede aspirarse en este mundo.

Luisa. ¿Color de rosa?

Pepe. No, agrisado; un tono muy dulce; la dicha que se sueña, sí[10.2] es de color de rosa; la que puede lograrse, la de la vida, es siempre gris, el color de la melancolía resignada, de la tristeza bondadosa que sonríe y perdona y ama.

Luisa. Yo tengo un vestido gris, no sé si será de ese tono exacto; me lo pondré un día para parecerme a tu cromo inglés, digo, a tu ideal; será en lo único que[10.3] me parezca.

Pepe. Y yo, ¿qué he de hacer para parecerme a tu ideal?...

Luisa. ¿A mi marido ideal? ¡Ay! Yo sé perfectamente cómo no ha de ser; pero cómo ha de ser no sabría decirlo.

Pepe. ¿Y cómo no ha de ser?

Luisa. De muchos modos. No creas, los defectos grandes no me asustan tanto como los pequeños, esos defectillos que hasta parecen gracias y son los más peligrosos para la intimidad de toda la vida. Por ejemplo: yo tengo una amiga que se ha casado con un muchacho ejemplar, un modelo, todo el mundo lo dice; pues el otro día estuvieron aquí de visita, y por un solo detalle me atrevo a pronosticar que no serían[11.1] felices. Verás, parece una tontería; el marido le dijo a su mujer: «Merceditas, llevas un descosido.» Y se lo dijo de un modo que indicaba que en aquel matrimonio el marido sería siempre el primero que viera los descosidos.

Pepe. ¡Qué gracioso!