Luisa. Es que aquello sólo indicaba un cambio de papeles muy antipático. ¿Pues qué me dices cuando en un matrimonio es el marido el que tiene que advertir que se gasta mucho? ¡Qué cosa más fea cuando la mujer está[11.2] a todas horas: «Yo compraría esto, yo tendría esto otro»; y el marido: «Que[11.3] la vida es muy cara, que no podemos gastar tanto!...» En cambio, ¿hay nada más bonito para una mujer que, sin pedir nunca nada, verse obsequiada por su marido de cuando en cuando con cualquier regalito, y, disimulando mal la alegría, reprenderle cariñosa:[11.4] «¿Por qué has comprado esto? No estamos para gastos; te habrán llevado un dineral, y es de muy buen gusto», aunque sea un mamarracho y sepamos que le ha costado tres pesetas?

Pepe. Sabes mucho...

Luisa. Es mi sistema con papá, y así consigo que siempre me esté regalando, algunas veces cosas horribles; pero ¡líbreme Dios de decírselo! Y lo mismo haría con mi marido. Hay mujeres tan mal educadas que cambian en las tiendas los regalos que las traen sus pobrecitos maridos, tan ufanos, creyéndolos del mejor gusto... Tú dirás que en qué cosas me fijo[11.5] y a qué detalles doy importancia...

Pepe. No, no; estamos conformes... Yo también doy mucha importancia a los detalles... y pienso como tú...

Luisa. Así comprenderás que no estaba dispuesta a casarme contigo, ni con nadie, sólo por complacer[12.1] a papá.

Pepe. Ni yo contigo; puedes creerlo.

Luisa. Creían, porque a ellos les conviniera[12.2]... Afortunadamente, verán que los dos estamos de acuerdo, y no habrá desaire por parte de ninguno.

Pepe. Por mi parte, nunca lo hubiera habido;[12.3] me hubiera presentado aquí como novio por no contrariar[12.4] a papá, y hubiera hecho todo lo posible por parecerte mal.

Luisa. Pues hubiera sido un noviazgo famoso, porque yo pensaba también parecerte insoportable.

Pepe. Afortunadamente, has tenido una gran idea; después de esta entrevista...