Arlequín. Yo no, que todo lo llevo con paciencia.

Capitán. ¿Y es razón que a un soldado no se le haga crédito?

Arlequín. ¿Y es razón que en nada se estime un soneto con estrambote que compuse a sus perdices estofadas y a sus pasteles de liebre?... Todo por fe, que no los probé nunca, sino carnero y potajes.

Crispín. Estos dos nobles señores dicen muy bien, y es indignidad tratar de ese modo a un poeta y a un soldado.

Arlequín. ¡Ah, señor; sois un[50.3] alma grande!

Crispín. Yo, no. Mi señor, aquí presente; que como tan gran señor, nada hay para él en el mundo como un poeta y un soldado.

Leandro. Cierto.

Crispín. Y estad seguros de que mientras él pare en esta ciudad no habéis de carecer de nada, y cuanto gasto hagáis aquí corre de su cuenta.

Leandro. Cierto.

Crispín. ¡Y mírese[51.1] mucho el hostelero en trataros como corresponde!