Hostelero. ¡Señor!

Crispín. Y no seáis tan avaro de vuestras perdices ni de vuestras empanadas de gato, que no es razón que un poeta como el señor Arlequín hable por sueño de cosas tan palpables...

Arlequín. ¿Conocéis mi nombre?

Crispín. Yo, no; pero mi señor, como tan gran señor, conoce a cuantos poetas existen y existieron, siempre que sean dignos de ese nombre.

Leandro. Cierto.

Crispín. Y ninguno tan grande como vos, señor Arlequín; y cada vez que pienso que aquí no se os ha guardado todo el respeto que merecéis...

Hostelero. Perdonad, señor. Yo les serviré como mandáis, y basta que seáis su fiador...

Capitán. Señor, si en algo puedo serviros...

Crispín. ¿Es poco servicio el conoceros? ¡Glorioso Capitán, digno de ser cantado por este solo poeta!...

Arlequín. ¡Señor!