Capitán. ¡Señor!
Arlequín. ¿Y os son conocidos mis versos?
Crispín. ¿Cómo conocidos?[51.2] ¡Olvidados los tengo![51.3] ¿No es vuestro aquel soneto admirable que empieza:
«La dulce mano que acaricia y mata»?
Arlequín. ¿Cómo decís?
Crispín. «La dulce mano que acaricia y mata.»
Arlequín. ¿Ése decís? No, no es mío ese soneto.
Crispín. Pues merece ser vuestro. Y de vos,[52.1] Capitán, ¿quién no conoce las hazañas? ¿No fuisteis el que sólo con veinte hombres asaltó el castillo de las Peñas Rojas en la famosa batalla de los Campos Negros?
Capitán. ¿Sabéis...?
Crispín. ¿Cómo si sabemos?[52.2] ¡Oh! ¡Cuántas veces se lo oí referir a mi señor entusiasmado! Veinte hombres, veinte y vos delante, y desde el castillo... ¡bum! ¡bum! ¡bum!, disparos, y bombardas, y pez hirviente, y demonios encendidos... ¡Y los veinte hombres como un solo hombre y vos delante! Y los de arriba... ¡bum! ¡bum! ¡bum! Y los tambores... ¡ran, rataplán, plan! Y los clarines... ¡tararí, tarí, tarí!... Y vosotros sólo con vuestra espada y vos[52.3] sin espada... ¡ris, ris, ris!, golpe aquí, golpe allí..., una cabeza, un brazo... (Empieza a golpes con la espada, dándole de plano al Hostelero y a los Mozos.)