Crispín. ¡Doce espadachines, doce..., yo los conté!
Leandro. Yo sólo pude distinguir a tres o cuatro.
Crispín. Mi señor concluirá por deciros que no fue tanto el riesgo, por no hacer mérito de su serenidad y de su valor... ¡Pero yo lo vi! Doce eran, doce, armados hasta los dientes, decididos a todo. ¡Imposible me parece que escapara con vida!
Colombina. Corro a tranquilizar a Silvia y a mi señora.
Crispín. Escucha, Colombina. A Silvia, ¿no fuera mejor no tranquilizarla?...
Colombina. Déjalo a cargo de mi señora. Silvia cree a estas horas que tu señor está moribundo, y aunque doña Sirena finge contenerla..., no tardará en venir aquí sin reparar en nada.
Crispín. Mucho fuera que tu señora no hubiera pensado en todo.
Capitán. Vamos también, pues ya en nada podemos aquí serviros. Lo que ahora conviene es sostener la indignación de las gentes contra el señor Polichinela.
Arlequín. Apedrearemos su casa... Levantaremos a toda la ciudad en contra suya... Sepa que si hasta hoy nadie se atrevió contra él, hoy todos juntos nos atrevemos; sepa que hay un espíritu y una conciencia en la multitud.
Colombina. Él mismo tendrá que venir a rogaros que toméis a su hija por esposa.