El caballero sonrió bondadosamente y sacando del tarjetero diez billetes de a veinte duros, los colocó sobre la falda de Magdalena diciendo:

—Para alfileres: y ya puedes agradecerlo... Mis chicas tenían no sé qué capricho... cosas de muchachas. Otra vez será.

Ella, dando por terminado aquel incidente, tiró sobre el tocador los billetes y continuó:

—¿Qué hiciste luego? ¿Por qué no viniste de noche? Te estuve esperando... Se perdió el palco y me acosté de un humor.

—Fui a casa, a comer, con propósito de venir temprano. ¡Qué si quieres! Hizo la maldita casualidad que, contra lo habitual, no tuviésemos más convidado que mi suegra.

—¡Lagarto, lagarto!

—Sí; estuvimos en familia. Luego se marchó la buena señora, mis hijas se fueron a vestir para ir al teatro y me quedé solo con mi mujer.

—¿Y qué pasó?

—Lo de siempre cuando nos vemos a solas. La gran jaqueca. Es buena, cariñosa, dulce; la estimo y la respeto y considero.., pero no nos entendemos.

—¡Ya conseguirá que me dejes!