—¡Eso no! Tuvimos una escena muy desagradable y estuve muy enérgico.
—No te atreverías.
—¿Qué no? Pues mira: le dije «no me apures la paciencia porque nos separamos. Tú eres libre... hasta cierto punto: yo soy dueño de mis acciones, y en paz, o damos el gran escándalo.»
—Te hablaría de mí.
—Por indirectas. Me dijo que gastaba demasiado, que en casa se debía la mar, que ella estaba humillada, despreciada, que las chicas se iban a quedar sin tener qué comer... y ¡lo que más me enfurece! se echó a llorar.
—Para que te ablandases.
—Pues no me ablandé. Lo que siento es que las chicas...
—¿Qué sucedió?
—Del comedor habíamos pasado al despacho. Las niñas vinieron vestidas, oyeron voces, se detuvieron junto a la puerta y se enteraron de todo.
—Como son mayorcitas se harán cargo.