—Quiá, se abrazaron a su madre... llorando. ¡Figúrate!

—¡Tonto! Haberte venido aquí.

—Ya se me ocurrió; pero se me había levantado tal dolor de cabeza que tuve que acostarme y tomar antipirina.

—¡Potingues! ¿Qué mejor antipirina que yo?

Quiso él entonces abrazarla por quitarle el enojo, mas ella levantándose de su lado le dijo muy seria.

—Todo eso está muy bien y el cuadro de familia interesantísimo. Para evitar que se repita, esta tarde me llevas a comer a cualquier parte.

—Convenido. Y no mando recado a casa: ya se irán acostumbrado.

Magdalena sonrió gozosa y volviendo a su interrogatorio y reprimenda, para disimular la alegría, preguntó con gesto desabrido.

—Y hoy ¿por qué no has venido más temprano?

—He tenido que hacer una visita.