—Entregarte todo lo que me reste, y rogarte que te lleves a mi padre a casa de Engracia. Durante tu ausencia he visto lo limpia, dulce y trabajadora que es. Estoy seguro de que le cuidaría bien. Por de pronto, ya digo, de esa cantidad te daría todo lo que pudiera, y en adelante, lo que conviniéramos con arreglo a lo que yo tuviese.

Millán guardó silencio.

Pepe, casi temeroso de una nueva decepción, añadió:

—Chico, no sabes lo harto que estoy de sufrir: hasta he pensado en llevarle a los incurables; pero me harían falta recomendaciones que no tengo, y no podría ver a mi padre cuando quisiera... mientras que en casa de Engracia...

—¿Querrá ella?—dijo el impresor.

—La he hablado, y dice que sí; pero que nada resolverá sin tu consentimiento.

—Pues por mí... hecho—repuso Millán, sin valor para negar.

La expresión con que Pepe le miró, fue señal de su agradecimiento.

—Un gran inconveniente veo,—continuó Millán:—advierte cómo está todo; la guerra arrecia por momentos, dicen que hay partidas hasta por Andalucía. ¿Has pensado que estás expuesto a tener que salir a que te rompan el alma por esos campos en cuanto te agreguen a un regimiento? Reflexiónalo despacio.

—Todo lo he pensado.