—La conoces: es aquella viuda graciosa y parlanchína con quien jugabas al aljedrez; buena y lista, pero demasiado amiga de divertirse. No me gusta que ande mucho con ella, pero ¡vaya V. a evitarlo! Felisa le da vestidos, sombreros, la saca de apuros, la lleva al teatro, en coche... Es el tipo de la parienta o amiga que tienen casi todas las muchachas ricas; servicial, complaciente, mitad por afecto, mitad por interés... Felisa la maneja como quiere. Y vaya una carta larga. Verás cómo hacen encargos, de seguro piden trapos... y, sin embargo, me temo algún disgusto gordo.

La lectura de los primeros renglones le alarmó: luego se puso pálido, comenzaron a temblarle las manos, nubláronsele los ojos, como si a despecho de la entereza varonil quisieran brotar las lágrimas, y por último, dejándose caer sobre una butaca, alargó el papel a su amigo, mientras decía entre sollozos:

—Entérate. ¡Pobre Felisa mía!

Pepe leyó en voz alta.

«Querido Manuel: No sé si recibirás en París estas líneas ni cuándo llegarán a tus manos. Sé que voy a darte una pesadumbre, y, sin embargo, ni quiero ni puedo dejar de escribirte. Yo lo hubiera hecho de todos modos, pero además lo hago por encargo de Felisa.

»Tantos rodeos para comenzar y los muchos días que llevas sin recibir noticias suyas, te habrán hecho temer que aquí sucede algo grave: desgraciadamente, no hay más remedio que decírtelo. Ha pasado el peligro, pero ha sido grandísimo: unas viruelas espantosas.

»En cuanto a su vida, puedes estar tranquilo; los médicos la han salvado. Dicen que la convalecencia será larga, y basta verla para creerlos. No parece su sombra; en fin, seguiremos cuidándola como hasta aquí, y recobrará las fuerzas perdidas.

»Y ahora, pobre amigo, ármate de valor. Ya te lo figuras, ¿verdad? Consulta bien a tu corazón, haz algo que sea semejante a un examen amoroso de conciencia, y si quedas seguro de que todavía puedes quererla, prepárate a sufrir una gran desilusión y a luchar con la más terca manía que cabe en cabeza humana.

»La violencia de la enfermedad ha sido espantosa: dice el médico que no recuerda tan fuerte ataque de viruelas. ¿Para qué aumentar tu pena refiriéndote detalladamente cuánto ha sufrido y nos ha hecho pasar? Donde más ha tenido ha sido en la cara; fue preciso atarle las manos para que no se destrozara, y aun así ha quedado completamente desfigurada.

»Las facciones han perdido su regularidad y su gracia; la tez, todavía plagada de manchas rojizas, quedará para siempre llena de hoyos, y por algo que no sé explicarte, pues no entiendo lo que dicen los médicos, la cara se le ha quedado algo contraída y como atirantada; en las mejillas y alrededor de los labios es donde tiene más viruelas; los ojos apenas dan idea de lo que fueron: la viveza y expresión que tenían se ha convertido en una mirada amortiguada y mate: no hay brillo en sus pupilas, y casi estoy por decirte que su dulce melancolía contribuye a que sea mayor la compasión que inspira: parece que en los ojos se le refleja la amargura del alma.