»Al segundo día de levantarse pidió un espejo. Doña Genara y yo habíamos quitado los que había en el cuarto, deseando retrasar la horrible impresión que había de sufrir, tratando al menos de que no fuese una impresión brutal y repentina. Como comprenderás, los espejos pequeños podían esconderse fácilmente, y así lo hicimos: con decir que no parecían, en paz; pero delante del armario de luna tuvimos que poner un biombo con pretexto de que por una puerta entraba aire.

»Todas las precauciones fueron inútiles: ya sabes lo lista que es. Enseguida lo notó todo, y dándonos sus llaves, pidió un espejo de mano que tenía guardado. Hubo que obedecer. Se miró, hizo un esfuerzo violentísimo por sobreponerse a la impresión que debió de sufrir, y luego inclinó la cabeza sobre el pecho, mientras por las mejillas le caían dos lagrimones que no podían resbalar como antes sobre la tersura de la piel, sino que fueron cayendo de hueco en hueco y de hoyo en hoyo como gotas de agua arrojadas contra arena dura. ¡Qué escena tan triste! No es para descrita.

»En muchas horas no hubo modo de arrancarle palabra. No comió ni durmió. A la tarde siguiente me llamó, haciéndome sentar a su lado y me encargó que te escribiera.

»He aquí, poco más o menos, sus palabras, que pronunció serena, fríamente, y las cuales, a mi juicio, son el fruto de una noche de horrible insomnio y de sin igual tormento:

»Escribe a Manuel, dile que he estado mala, lo que he tenido... y cómo me he quedado. La verdad desnuda... que estoy horrible, espantosa, que puedo inspirar lástima; pero que el amor y el mundo se han acabado para mí: que le devuelvo su palabra... y que sea tan feliz como merece. Ya ves—añadió—es hombre, y por grande que sea su amor, ¿qué pasión resiste a esta prueba? Hasta me complazco en creer que sufrirá. ¡Ya ves si soy egoísta! Pasará una temporada cruel, pero ni puedo ni quiero exigirle que se case conmigo. ¡Qué desencanto si me viese! En mi belleza—siguió diciendo se fundaba su amor; la he perdido y tiene derecho a la libertad: si yo no se la diese ahora, él la recobraría luego... y sería peor. Esta resolución es irrevocable; nada podrá torcerla. En cuanto pasen unos días y me sienta más fuerte, me iré a la Puebla del Maestre, procuraré restablecerme, y trataré de olvidar un mundo donde, ya lo ves, la dicha depende de una calentura y unos cuantos granos feos en la cara. ¡Pobre de mí! Escribe a Manuel de modo que sufra lo menos posible, pero persuádele de que esto se acabó; ahórrale penas, pero quítale toda esperanza. Bien miradas las cosas, aunque ahora lo sienta, cuando sepa cómo estoy, bendecirá este arranque mío. No debemos volver a vernos. Quiero que, de conservar memoria mía, guarde el recuerdo de la otra Felisa, la de antes.

»He tratado de repetir sus mismas frases: lo que no puedes imaginar es el acento de amarga y firme resolución con que las dijo.

»Y he aceptado el encargo de escribirte esta carta violentándome mucho, porque sé la pena que ha de causarte: pero ten la seguridad de que nadie participará de ella tan sinceramente como tu antigua y buena amiga,

Lorenza.»

Manuel estuvo abatidísimo durante la lectura de la carta, y concluida, interrogó a su amigo con la mirada, invitándole a que hablase. Pepe lo hizo así:

—¿Qué quieres que te diga? El golpe es rudo... pero vamos a cuentas. Del exceso del mal brota a veces en la vida el consuelo, y si no el consuelo, la persuasión de que las fuerzas humanas se estrellan contra la realidad. La cosa es dolorosísima: para un enamorado, saber que su amada se ha puesto fea es robarle el sol a medio día... En cambio la situación no puede ser más despejada. Todo te lo dan hecho.