—¡Ahí está!... Ustedes reconocen que mi polecía los ha tratado siempre bien y que con otras quien sabe lo que les hubiera podido acontecer... Güeno, áura diganmé ¿no serían ustedes unos mal agradecidos si se negaran a entregarme sus boletas, alegando que son del otro lao?
Callaron los mozos y el comisario concluyó sentenciosamente:
—¡No, a mi no me vengan con desagradecidos!... A esos no les tengo lástima, palabra que no; y más tarde o más temprano, ¡me las tienen que pagar!
—Ya está el asao,—avisó don Pancho; y el comisario Morales, dando a su rostro la expresión alegre y bondadosa de momentos antes, exclamó:
—¡A la carga muchachos, que p'asao gordo no hay hombre malo!...
LA ABSURDA IMPRUDENCIA
Don Eufrodio Villamoros poseía una espléndida plantación de naranjos a espaldas de Bella Vista, la coqueta ciudad correntina recatada detrás de las altísimas barrancas que, en aquel paraje guarecen la ribera del Paraná.
A la entrada del naranjal se alzaba la población, sencillo y alegre edificio, sobre cuyos muros muy blancos y sobre cuyos muy rojos cabrillea el sol casi todas las horas de casi todos los días del año. Del lado del sud, tres cambanambís las defienden contra los vientos malos del invierno. Un valladar de duelas, totalmente cubiertas por las exhuberantes vegetaciones de las madreselvas y los rosales silvestres le forman una discreta cintura verde, siempre verde y florida siempre.
Sobre el patio, la casa tiene, como la mayor parte de las casas correntinas, un amplio corredor, fresca terraza desde donde, se divisa, hasta perdida de vista, el inmenso mar, verde e inmóvil de las plantaciones.