Don Eufrodio pasa allí, en unión de su esposa, Misia Micaela, y de su hija Ubaldina, la mayor parte del año; sobre todo, después que esta última hubo terminado sus estudios en la capital de la provincia.
La niña—que a la reinstalación de la familia en la casa solariega, contaba apenas quince años,—amaba apasionadamente aquella existencia, donde parecía reinar inquebrantable silencio, no obstante el contínuo clamoreo de las aves y el cantar sin más tregua que las sombras nocturnas, de los pájaros, que, entre cautivos y libres, sumaban míriadas. Silencio engañador y tan aparente como el aspecto de quietud y de inercia que ofrecía aquella activísima colmena.
Cada vez que, era indispensable—por razones particulares o de obligación social, hacer «un viaje» a la ciudad—veinticinco minutos de trote perezoso del viejo tronco tordillo,—Ubaldina lo hacía contrariada y se esforzaba en apresurar el regreso a la tibiedad perfumada de su nido.
No era, sin embargo, un espíritu esquivo y agreste. Había recibido una educación esmerada, y poseía, como casi todas las niñas correntinas, intensa afición por las artes, desde la música y la literatura hasta los prodigiosos primores de la aguja.
Era sí, un temperamento sensitivo, delicado, casi enfermizo.
Menudo, más que delgado, su rostro de rasgos finos y armoniosos, tenía un color trigueño extremadamente, palidez que hacía resaltar la negrura de sus grandes ojos en perfecta forma de almendra.
Su alegría silenciosa no había sido nunca alterada por ningún capricho, por ningún deseo extravagante. El amor no había aún hablado a su corazón juvenil, y como estaba de un todo desprovista de coquetería, los piropos y las frases galantes le pasaban inadvertidos.
Sin embargo, el despertar estaba próximo. Un verano fué a pasar las vacaciones en la finca; su primo Rómulo, gallardo mancebo que estaba terminando sus estudios de ingeniería en Buenos Aires.
El mozo logró intimar muy pronto con ella. Su conversación frívola y voluble la entretenía como el incesante, y bullicioso revolotear de los gorriones. Sus dislates y sus bromas infantiles la hacían reir.
El también reía, burlándose de la seriedad de «Mamita», como la había apodado. Después de la cena, en las espléndidas noches de triunfo lunar, charlaban largamente bajo la glorieta embalsamada con el perfume capitoso de los azahares. Muchas veces, mientras él hablaba, picoteando todos los temas, Ubaldina solía quemar silenciosa, inmóvil, el bello rostro de virgen morocha, fija la mirada de sus ojos profundos en la fronda espesa y obscura del naranjal. Una vez él le dijo: