—¿Ah, sí?—dijo mi tío.
—Puesto que no se puede tener hijos sin casarse y votáis al mismo tiempo por la propagación del género humano, se deduce de ahí que debéis aceptar el matrimonio para todo el mundo.
—¡Caramba!—prosiguió el señor de Pavol moviendo los labios con tal expresión de burla, que Blanca se enrojeció, ¡eso se llama argumentar! ¿Qué es; pues, según tú, el matrimonio, sobrina?
—El matrimonio—exclamé entusiasmada,—es la más hermosa de las instituciones que existen en la tierra. La unión perpetua con la persona amada, y se canta y se baila y se besan la mano... ¡Ah, sí, es encantador!
—¿Se besan la mano? ¿Por qué la mano, sobrina?
—Porque yo... en fin, yo pienso así—exclamé dedicando a mi pasado una sonrisa llena de misterios.
—El matrimonio entrega una víctima al verdugo—murmuró mi tío.
—¡Ah!
Juno y yo protestamos con la mayor energía.
—¿Y quién es la víctima, papá?