—Sí, sí; mi especialidad es la discusión. Ya verás. Hoy mismo ataco a mi tío y arreglo todo.

Durante la comida dirigí a mi prima toda una serie de gestos para notificarle que iba a entrar en batalla.

Mi tío, que presentía un peligro, nos observaba de reojo, y Blanca, ya desconcertada con eso, me incitaba a desistir de mi empresa. Pero yo eché pelillos al mar, tosí con fuerza, y salté resueltamente al palenque.

—¿Tío, se puede tener hijos sin casarse?

—No por cierto—respondiome el tío, a quien hizo gracia la pregunta.

—¿Sería una desgracia, si desapareciera la humanidad?

—¡Hum! he ahí una cuestión difícil de resolver. Los filántropos responderían: sí; los misántropos: no.

—Con todo ¿su opinión, tío?

—No he pensado nada al respecto. Sin embargo, como hallo que la Providencia hace bien cuanto hace, voto por la perpetuación de la humana especie.

—Entonces, tío, no sois consecuente con vuestras ideas, cuando criticáis el matrimonio.