—¿Qué pasa?
-Escucha: Yo, como tú, quiero casarme hoy o mañana. Papá ha rechazado ya varios partidos, pero eso no me importa mucho, porque no tengo prisa. Esperaría tranquilamente hasta los veinte años; pero desearía saber si siempre se opondrá a que me case.
—Pregúntaselo.
—¡Ah! ahí está el busilis—prosiguió Blanca, algo turbada;—te declaro que papá me da miedo, o más bien dicho, me intimida.
Me levanté, apoyándome en el codo, y sorprendida separé los cabellos que me caían sobre la cara, para ver mejor a mi prima. Desde aquel instante, Blanca se vino a bajo, para mi, de las nubes olímpicas en que la había colocado, y descubrí bajo aquel cuerpo de Juno, una niña que no volvería jamás a intimidarme.
—A mi no me asusta nadie—exclamé, tomando mi almohada y largándola de paseo al medio del cuarto.
Blanca me miró con asombro.
—¿Qué haces, Reina?
—¡Oh! es una costumbre. Cuando estaba en el Zarzal, lanzaba siempre mi almohada por los aires, para hacer rabiar a Susana, a quien este modo de proceder sacaba de quicio.
—Como Susana no está aquí, te aconsejo que renuncies a tal costumbre. Pero, volviendo a lo que decíamos, dime, ¿te sientes con valor como para tener con mi padre una discusión sobre el matrimonio, que tan sin cesar critica?