—¡El hombre, canarios!
—Pues, peor para los hombres—repliqué, que se defiendan. Lo que es yo, estoy decidida a volverme verdugo.
—Pero ¿a qué quieren venir a parar ustedes, señoritas?
—A esto, mi tío: a que Blanca y yo, somos partidarias sinceras del matrimonio, y que hemos resuelto poner en práctica nuestras teorías. Y yo, deseo que sea cuanto antes.
—¡Reina!—gritó mi prima estupefacta con mi audacia.
—No digo, sino la verdad, Blanca; únicamente diré que tú, te resuelves a esperar un tiempo; pero yo no tengo esa paciencia.
—¿De veras, sobrina? Sin embargo, supongo que no tienes inclinación por nadie.
—Sí, por cierto—dijo Blanca riendo,—¿a quién conoce?
Desde que estaba en el Pavol, mucho había pensado en mi amor y en Pablo de Couprat, y más de una vez habíame preguntado si debía o no revelar tal secreto a mi prima. Pero después de madurar bien la cosa, llegué a resolver con el árabe, que el silencio es oro. Pero a pesar de eso, al escuchar la afirmación de Blanca, estuve a punto de divulgarlo; sin embargo, logré dominarme.
—En todo caso, amaré a alguien, mañana o pasado; porque no se puede vivir sin amar.