—Y ¿de dónde has sacado, esas ideas, Reina?

—Pero, de la vida, tío—le respondí tranquilamente.—Recordad las heroínas de Walter Scott: recordad cuánto aman y cómo son amadas.

—¡Ah!... ¿y el cura te ha permitido leer novelas y te ha dado conferencias sobre el amor?

—¡Pobre cura! ¡Si supierais lo que le he hecho rabiar con eso! Y en cuanto a las novelas, tío, no quería dejármelas leer de ningún modo. Llegó hasta llevarse la llave de la biblioteca; pero, rompiendo un vidrio, entré por la ventana.

—¡Pues ya prometías! Y en seguida ¿te diste a soñar y divagar acerca del amor?

—Nunca divago, y sobre todo, sobre ese tema; porque sé bien de lo que trato.

—¡Canarios!—dijo mi tío riendo.—Sin embargo, acabas de decirnos que no quieres a nadie.

—¡Es cierto!—repliqué rápidamente, medio turbada con mi indiscreción.—Pero ¿no creéis tío, que la reflexión pueda suplir a la experiencia?

—¡Cómo no! ¡Ya lo creo! sobre todo, tratándose de semejante asunto. Y luego me parece que tú tienes buena cabeza.

—Tengo lógica, tío, de ahí todo. Decid y ¿no se ama a más hombre que al marido?