—A ningún otro—respondió sonriendo el señor de Pavol.
—Pues bien, si no se ama más que a su marido; como si se ama al marido, naturalmente es, porque se siente amor y ya que no se puede vivir sin amar, concluyo, que es necesario casarse.
—Sí, pero no antes de haber cumplido los veintiuno, señoritas.
—¡Oh, eso no me importa!—respondió Blanca.
—¡Pero a mi si me importa! De ningún modo aguardaré cinco años.
—Aguardarás cinco años, Reina, a no ser que se dé algún caso extraordinario.
—Y ¿qué llamáis un caso extraordinario, tío?
—Un partido tan conveniente que fuera absurdo rechazarlo.
Esta modificación del programa del tío me dio tanta alegría, que me levanté para brincar.
—¡Entonces, no esperaré!—exclamé escapándome. Y corrí a mi cuarto, en donde no tardó Juno en aparecer con su aire majestuoso.