La conversación duró un poco más en este tono.
Desconcertado por mi laconismo y el interés con que con la mayor impertinencia del mundo, seguía yo las evoluciones de una mosca que se paseaba por un brazo de mi poltrona, levantose el barón, algo cortado y abrevió la visita.
Acompañole mi tío hasta la puerta del jardín, y volvió enojado en busca mía.
—Esto no puede continuar así, Reina. Es una insolencia ¡caramba! tanto para mi como para ese pobre mozo, que es tímido y a quien desconciertas por completo. El señor de Le Maltour no es una persona a quien se pueda tratar como a un títere, sobrina. Nadie te obliga a casarte con él, pero quiero que le trates con amabilidad. Bien sabe Dios si tienes buena lengua cuando quieres. Trata de que eso suceda mañana; el señor de Le Maltour almorzará con nosotros.
—Bueno, tío, hablaré, perded cuidado.
—Pero no vayas a decir tonterías.
—Me inspiraré en la ciencia, tío—le contesté majestuosamente.
—¿Cómo? en...
—No os aflijáis, haré lo que me exigís, hablaré sin cesar.
—No, sobrina, no se trata de...