Dejé que mi tío confiara sus pensamientos a los muebles del salón, y corrí a la biblioteca en busca de lo que necesitaba para poner en práctica la idea que acababa de ocurrírseme.

Y llevé a mi cuarto la filosofía de Malebranche y un estudio sobre la Tartaria.

El Malebranche casi me dio un arrebato cerebral y lo dejé para arrojarme sobre la Tartaria, que me ofreció más recursos.

Hasta media noche estuve estudiando atentamente, no sin protestar de cuando en cuando contra los habitantes de Bukharia, que se rebozan con nombres tan extravagantes. Sin embargo, conseguí recordar algunos detalles del país y varias palabras extrañas, cuya significación ignoraba por completo. Me acosté restregándome las manos.

—Veremos—me decía,—si Le Maltour resiste a esta prueba. ¡Ah mi querido tío, convenceos de que he de salir con la mía y de que de aquí a pocas horas me habré deshecho de ese intruso!

Al día siguiente el barón se presentó con el aspecto desconcertado, del que camina sobre vidrios. Yo le recibí tan amablemente, que se repuso, al mismo tiempo que se disiparon los temores del señor de Pavol.

Los de Couprat y el cura almorzaban con nosotros. Oprimíaseme el corazón al ver a Pablo conversando alegremente con Blanca, mientras que yo me hallaba condenada a soportar las atenciones tímidas del señor Le Maltour, cuya cara bonita me atacaba los nervios.

—He cambiado de idea desde ayer—le dije repentinamente;—me gustan muchísimo los viajes.

—Comparto vuestro gusto, señorita; viajar es la más interesante distracción.

—¿Y vos habéis viajado?