—Sí, algo.
—¿Conocéis los Ruddar, los Shakird-Pische, los Usbecks, los Tadjies, los Molahs, los Dehbaschi, los Pend-Baschi y los Alamanos?—le interrogué de un tirón mezclando razas, clases y dignidades.
—¿Y qué es todo eso?—preguntó aturdido el barón.
—¡Cómo! ¿no habéis ido nunca a Tartaria?
—No, jamás.
—¡No haber estado en Tartaria!—exclamé con desdén.—¿A lo menos conoceréis a Nasr-Ullah-Bahadin-Kham-Melia-el-Munemim-Bird-Bhic-Blor y el diablo a cuatro?
Añadí algunas sílabas de mi cosecha al nombre de Nasr-Ullah, para hacer mayor efecto, pensando que la sombra de ese buen hombre no saldría de la tumba a echármelo en cara. Mi tío y los invitados mordíanse los labios para no reírse al ver la fisonomía del señor de Le Maltour, que delataba el mayor desconcierto y Blanca exclamó:
—¿Has perdido la cabeza, Reina?
—No, absolutamente. Le pregunto al señor si comparte mi simpatía por Nasr-Ullah, un hombre que según parece, poseía todos los vicios. Pasaba la vida degollando al prójimo, sumiendo a los embajadores en calabozos donde los dejaba pudrir, y por último, era un hombre de energía, que ignoraba por completo ese horrible defecto, que se llama timidez. Y su país ¡qué país! Allí reinan todas las enfermedades y por eso mismo me gustaría llevar a mi marido. La tisis, la viruela, vómitos que duran seis meses, úlceras, lepra, un gusano que llaman richta, que roe a las personas, y para extirparlo se...
—Basta, Reina, basta. Déjanos almorzar tranquilos.