—¿Qué queréis tío? La Tartaria me atrae. ¿Y a vos?—pregunté al barón.

—Lo que decís de ella, no es muy halagüeño.

—Para los que no tienen sangre en las venas—respondí despreciativamente.—Cuando me case, iré a Tartaria.

—A Dios gracias, no dependerá de ti, sobrina.

—Ya lo creo que sí, tío; haré mi voluntad, no la de mi marido, a quien llevaré a Bukharia para que le coman los gusanos.

—¿Cómo? Comido por...—murmuró tímidamente el barón.

—Sí señor, lo que habéis oído. He dicho: comido por los gusanos, porque según mi modo de ver la más encantadora luz de la vida de una mujer, es la de la viudez...

El alto y poderoso barón Le Maltour, aunque de raza de héroes, no resistió a esa prueba. Y comprendiendo el sentido oculto de mis caprichos tártaros, se fue y no volvió más.

Mi tío se enojó, pero no se me importó. Hice una pirueta y le dije con aire sentencioso:

—Tío, quien quiere el fin pone los medios.