XV.

Siempre cumplí la promesa que hice al cura, y le escribía con puntualidad dos veces por semana.

Esta costumbre le pareció tan dulce y halagadora, que cuando interrumpí de golpe la regularidad de nuestra correspondencia, quedó sumergido en inquietudes y tristeza.

Absorta por mis quebrantos, permanecí quince días sin darle señales de vida; después, cediendo a sus instancias, comencé a expedirle misivas por el estilo de ésta:

«Señor Cura:—Acabo de descubrir que los hombres son estúpidos. ¿No os parece así? Y echando al diablo las conveniencias sociales, os abrazo».

O de esta otra:

«¡Ah, mi pobre cura, creo que he descubierto el manantial de agua fría, de que hablábamos tres meses ha! ¡La felicidad no existe, es un engaño, un mito; todo lo que queráis, menos realidad!

«¡Adiós! ¡Si la muerte no nos volviese tan feos, querría morir! ¡Morir, sí, mi cura! ¡Habéis leído bien!»

Él me contestaba correo por correo.