«Hijita querida:—¿Qué significa el tono de tus últimas cartas? Hace tres semanas parecías tan feliz en medio de la gloria y la alegría de tus éxitos sociales. No, no, Reinita, la felicidad no es un mito, y será tu herencia; pero en este momento la imaginación te domina, te ofusca, y por consiguiente, impídete ver con claridad. No has seguido mi consejo, Reina; has abusado de tus fogatas, ¿verdad? Pobre hijita; venme a ver, y conversaremos de tus preocupaciones.»
Yo le respondí:
«Señor Cura:—La imaginación es una tonta, la vida un estropajo, y la sociedad un harapo que brilla mucho desde lejos, pero que bien mirado, no sirve para nada, a no ser para colocarla en un árbol a guisa de espantapájaros. Tengo ganas de entrar en la Trapa, mi querido cura. ¡Ah! si tuviese seguridad de que de cuando en cuando se me permitiría bailar con apuestos caballeros, como algunos que conozco, tened por por cierto que iría a refugiarme allí y a enterrar mi juventud y mi belleza. Pero creo que este género de distracciones no está muy de acuerdo con la regla de la Orden. Dadme algunos datos al respecto, señor cura, y convenceos de que no sois sino un soñador optimista al pretender que la felicidad existe y que me está destinada. Vivís como un ratón dentro de un queso, no porque seáis egoísta, e ignoráis las catástrofes que pueden estallar sobre la cabeza de las gentes que viven en el mundo.
«Ya no tengo ilusiones, mi buen cura. Soy una viejecilla arrugada, apocada y descalabrada, (en lo moral, se entiende, porque, hoy por hoy, estoy más linda que nunca), una viejecilla que ya no cree en nada, que no espera nada, y que no se da cuenta de cómo la tierra es tan tonta, como para seguir girando todavía, cuando mis ensueños y quimeras están destrozados, pulverizados y reducidos a átomos imperceptibles.
«Si se pudiera, despojar a mi persona moral de esta envoltura de carne, que, estoy de acuerdo en ello, engaña al ojo del observador, mi persona moral digo, no sería más que un esqueleto, un árbol muerto, completamente muerto, sin savia y sin hojas, un árbol que tiende hacia el cielo sus largos brazos secos y descarnados. Con tal de que lo moral no arruine a lo físico...
«Ah, señor cura, ¡tiemblo con sólo pensarlo! ¿No es cierto que es terrible no abrigar la menor ilusión a los diez y seis años?
«Hasta la vista, mi viejo cura».
Dos días después de haber expedido esta epístola, que debía dar al cura la más triste idea del estado de mi alma, decidió mi tío llevarnos a paseo al monte San Miguel.
Ese día había algo nefasto en el ambiente; lo presentí. Mi tío y el comandante habían celebrado la víspera una conferencia secreta y prolongada. Pablo parecía inquieto, nervioso y mi prima tenía aspecto soñador.
Mi tío y Juno, que tenían pasión por el monte San Miguel, me lo hicieron conocer con fruición; y en cuanto a mi, tras de no importárseme mucho el arte arquitectónico, miraba todo a través del sombrío velo de mi mal humor positivamente insoportable.