—¡Cómo cansa el trepar por tantos escalones!—decía yo, quejándome a cada paso.

—No son más que seiscientos, prima.

—¡Oh! entonces me quedo aquí.

—Vamos, sobrina, ¡caramba! al fin y al cabo no estáis enferma de reumatismo.

Y mi tío, me contaba la historia del monte y el incidente de Montgomery, mientras subíamos por aquellos peldaños hollados por tantas generaciones.

¿Pero qué se me daba a mi de Montgomery, de los bastiones, de la maravillosa abadía, de las inmensas salas, ni del mundo de recuerdos que duerme allí desde hace siglos? Me hubiera guardado bien de despertarlos, puesto que tenía que observar cosas cien veces más interesantes en el rostro del regordete caballero que colmaba a Blanca de atenciones y cumplidos, sin pensar siquiera en mí.

¡Qué estúpida había sido yo! No ver antes su amor.

Por serla grato, se extasiaba ante la menor piedrecilla, mientras que yo, de tiempo en tiempo, le lanzaba miradas terribles; pero ni se dignaba notarlas.

—Henos ya en la sala de los caballeros. Veamos, Reina, ¿qué dices de ella?

—Digo, tío, que si los caballeros estuviesen en ella, tendría algún encanto.