—¿Que no lo encuentras en ella misma?
—De ningún modo. Veo grandes chimeneas, pilares con esculturillas arriba, pero ni un caballero a quien hacer girar la cabeza... ¡bah, todo eso no sirve para nada!
—Nunca se me había ocurrido este modo de apreciar la arquitectura feudal—exclamó, riendo, mi tío.
Atravesamos corredores obscuros, que me amedrentaron.
—Nos vamos a romper la mollera—gemía yo, aferrándome al brazo del comandante, mientras que Pablo ofrecía el suyo a Blanca.
—¿Estamos tristes, Reinita?—me preguntó quedo el comandante.
—Habláis como mi cura—respondí emocionada.
—Vamos a ver: ¿Queréis tener confianza en mi?
—Yo no tengo tristezas ni confianza en nadie—contesté de mal modo.—Susana decía que los hombres eran unos papanatas, y yo comparto las opiniones de Susana.
—¡Oh, oh!—dijo el comandante, mirándome con un aire tan bondadoso, que tuve miedo de estallar en sollozos;—¡tanta misantropía en tanta juventud!