No contesté nada, y como en aquel momento llegábamos a una espaciosa terraza, me escapé de su brazo y corrí a esconderme tras una enorme arcada. Apoyé la cabeza sobre una de aquellas vetustas piedras y me eché a llorar.
—¡Ah!—pensaba,—cuánta razón tenía mi cura, al decirme, hace mucho tiempo, mucho, que no se discute con la vida, sino que se le sufre! Toda mi lógica no vale nada ante las circunstancias. ¡Qué triste es, Dios mío, qué triste es verse tratada como una chiquilina sin importancia!
Y miraba a través de mis lágrimas, aquellos arenales tan célebres, que me parecían desolados, y aquel monumento cuya mole me oprimía y causaba vértigos; pero sin darme cuenta de ello, sentía una especie de alivio en la afinidad misteriosa que había entre aquella naturaleza triste y mis propios pensamientos; en la contemplación de aquellos murallones que arrojaban su sombra melancólica sobre la tierra y el pasado.
De vuelta a casa y ya en el tren, me interrogó mi tío.
—Y bien, Reina, en resumidas cuentas, ¿cuál es tu impresión sobre el monte San Miguel?
—Que allí, será muy fácil morir de miedo, y enfermar de reumatismo.
En el trayecto de la estación de V*** al Pavol, reflexionaba yo, en la poca duración de las cosas de la tierra. No hacía aún tres meses que recorría el mismo camino, bajo la influencia de mis ensueños de felicidad, y con la embriaguez de mis hipótesis alegres a cerca del porvenir, que cría tan bello!... mientras que entonces, me pareció el camino cubierto con jirones de mi dicha.
Era bastante tarde, cuando llegamos al castillo; sin embargo, mi tío llamó a Blanca a su despacho diciéndole que tenía que hablar con ella muy seriamente. Y yo me acosté, llorando con todas mis fuerzas, y con la convicción de que la espada de Damocles pendía sobre mi cabeza.
Desde algún tiempo atrás, Juno se había hecho más íntima conmigo. Todas las mañanas venía a sentarse a mi cama y conversábamos indefinidamente. Al día siguiente a las siete, entró en mi cuarto con aspecto sereno, tranquilo y con aquella encantadora sonrisa que transformaba su altanera fisonomía, y que tal vez sólo yo conocía bien.
—Reina—díjome sin preámbulos—Pablo ha pedido mi mano.