El hilo se había roto y la espada de Damocles me cayó sobre el corazón. ¡Qué poco sentido común el de ese rey! ¡Atar una espada de tanto peso con un hilo tan débil! ¿No dice la historia que fue de un cabello? estoy por creerlo.

Sin duda alguna, yo esperaba esta revelación, pero mientras los hechos no se verifican, ¿qué criatura humana no abriga en el fondo de su corazón un poco de esperanza? Palidecí tanto, que Blanca lo notó, por más que la alcoba estaba sumida en una media sombra.

—¿Qué tienes, Reina? ¿Estás enferma?

—Un calambre—murmuré con voz débil.

—Voy a buscar éter—dijo, levantándose diligentemente.

—No, no—proseguí, haciendo un violento esfuerzo para recuperar mi altivez que se desvanecía.—Ya ha pasado, Blanca, ya ha pasado.

—¿Sufres de eso a menudo, Reinita?

—No... algunas veces. No es nada; no hablemos más de ello.

Blanca se pasó la mano por la frente, como quien quiere arrojar un importuno pensamiento, pero yo continué conversando con tanta entereza, que en breve pareció libre de su preocupación.

—Y tú, Juno, ¿qué piensas decidir?